Presentaciones inesperadas
29/01
Antes de que acabe el año que acabó, el oráculo que sin ser llamado ni
invitado de todos modos se presentó –por ese principio que dice que si Mahoma
no va a la montaña la montaña va a Mahoma y que tiene prepotencia de una
garantía tan poderosa como la ley de gravedad- me dijo: es tu año. ¿Y eso? ¿Es
el éxito, el amor, el año de qué…? ¿Qué quiere decir: tu año? Me aterré.
Deduciendo el pánico, sólo aclaró: tu año de integrar lo que tenés que integrar
para tu evolución en la vida. No se refería a la revolución solar ni al acuerdo
que pudiera esto generar con todos los astrólogos de cada diario. Lo decía en
un sentido que me costó entender y precisar.
Miré el horizonte, tratando de averiguar algo más claro. “Eso es todo:
dejar de mirar así. Dejar de esperar que las respuestas claras, firmes,
certeras aparezcan como el sol. Que las cosas se vuelvan sólidas, estables,
definidas. Nadar con los peces en el agua, aunque vayan en opuestas
direcciones. Aceptar lo evanescente. Saber que si el sol no estuviera nada
estaría. Creer, crecer, fluir”.
Acá estoy. Aceptando las revelaciones y conteniendo el impulso de hacer
tantas preguntas o chequear la fuente. Haciendo un libro –o eso creo- de este
tiempo. Argentina (el blog digo) me cansó. No son para mí los propósitos
enormes.
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