el principio del surf

Alrededor de las doce del mediodía llamo a mi hermana.
-Te llamo para hacer catarsis…
Atrás de su silencio mi sobrino de cuatro meses llora con los pulmones bien despabilados.
-¿Qué pasa Facu?- pregunta ella, con dulzura… A mí, con sincera intriga: -¿Qué pasó?
No sé si es el mejor contexto para hablar… Permanezco en silencio mientras se me ocurre que juntos hacen una buena dupla, como la de Pavarotti y Bono en Mrs Sarajevo.
-¿Qué pasó?- repite
- Ahora que sos madre y me entendés… te quería preguntar: ¿no se lee más con estos pibes? Estoy tratando de escribir tres líneas de un correo porque ya asumí no poder revisar una novela y Juan no para de pedirme frutas, que lo mire, que juguemos, que tomemos café, que le ponga música… que bailemos.
- Ah… -pierde el interés… -No sé, no sé… Son las 12 y estoy desde las 8 intentando terminar un trabajo para la Maestría que debería haberme llevado media hora. Nunca me pude concentrar…
Mi hermana es así. Todo en el universo que habita tiene tabulado su tiempo específico de duración y sus propósitos; su comienzo, su costo y su fin. Es medida, responsable y cumplidora con el mundo y las obligaciones. Sin embargo, es inflexible cuando algo no responde a su eficaz planificación, reprime mal sus expectativas en algún destilado decir sobre lo poco ecuánimes que son sus ganancias en el plazo fijo en el que ha invertido tanto… sin ir más lejos: en mí -y en todas las circunstancias en que me ha ayudado o sacado las papas del fuego-. No se descompone ni excede en ese reproche; lo hace con calma y firmeza, disimulando civilizadamente la verdadera lava. Yo, acostumbrada al borde donde asoma la emocionalidad –incluso haciendo cuentas- me enojo sin eufemismos; le mando mensajes que están demás y de los que luego me arrepiento levantando el tono de voz por no sentirme a su altura moral ni tan eficaz en el ejercicio de la organización de la vida –ese complejos equilibrio entre los tiempos propios y los de los demás; entre estar para los amores y pedir de ellos, sostener la economía, y ocuparse de lustrar también los brazos con los que uno suele contar; y estipular un sabio cupo donde entren la molestia de los ruidos externos, internos y la cantidad de palabras emitidas y a quién- y termino llorando. Ella es profesora de Letras, de Literatura y yo, periodista, aunque creo que es ella verdaderamente quien tiene un sentido más fuerte de la realidad y yo, más capacidad de vuelo. Ella es una scout del mundo por naturaleza y una buena administradora; es una persona capaz de andar repartiendo curitas en el medio del fuego cruzado. Nunca entendí cómo hizo para no estallar, no enloquecer ni quedar sorda, dando pasos asertivos en medio del campo minado que fue nuestra familia después de la separación de mis padres –o quizás antes también.
Yo soy una derrochadora sin planificación –de energía, de tiempo, de plata- que necesita mucho volver a cada rato a su mundo interior y que el mundo deje de romper las pelotas con sus Ítems; cosa que si bien es infrecuente que pase yo hago que pase incluso cuando la conquista adquiera bisos de barbarie. No tolero que mis tiempos sean pautados por otros: tardo en desayunar y para salir de mi casa; para llegar a la playa y al trabajo (entendiendo que el sol, la playa y el trabajo estarán allí siempre, conmigo o sin mí); para decretar el horario fijo en que Juan se va dormir y puedo recomenzar esa vida paralela menos doméstica, más artística y aparentemente silenciosa... Me estresa muchísimo reducir la vida a exigencias externas, aunque me considero empática por naturaleza con ciertos seres humanos y si siento que mi vida tiene algún sentido para los demás es cuando ayudo a que puedan ver más allá de la pared que creen tener en frente y me creo capaz de hacerles cambiar sus vidas sólo por su bien, con un solo decir y reír, pero soy muy poco consecuente como compañía y detesto el rol de asistente social: creo que lo mejor que puedo hacer es elevar el nivel de conciencia y ya. Como contracara a esta disposición no puedo evitar ver a otros sin la máscara que se esfuerzan en sostener: tardo un instante en ver el fondo de ojo y tenerlos desnudos -inclusive a mí misma mirándolos, así se trate de jefes, conocidos, gente que no mira a los ojos cuando habla, potenciales relaciones, hombres en plan de seducción, mujeres que quieren caer simpáticas- con una estimación muy realista de sus capacidades e incapacidades y con un error de cálculo de centésimas de pulgada. Mi carta natal dice que tengo facultades excepcionales para destacarme en profesiones como psiquiatra o detective, pero también dice que tengo pensamientos obsesivos que no chequeo con nadie y que probablemente me equivoque de profesión. Así que acá estoy… escribiendo una especie de crónica de autor… considerando que no se entiende muy bien quién reparte los dones y con qué objetivo. Y volviendo al punto… el otro inconveniente es que estos descubrimientos me llegan demasiado rápido e inconscientemente; como si oliera un perfume: en un lugar que es previo al pensamiento, el de la percepción y antes de que el consenso de la realidad me los celebre, la obra de teatro se despliegue y concluya y otras percepciones humanas me lo confirmen con verdades a media asta, yo ya lo sé… Sólo tengo que esperar que el resto llegue ahí y saberme sola durante el camino. Que no es mucho ni poco.
La relación con mi hermana es casi estrictamente mi única relación fundante de amor verdadero, genuino, cómplice. Pero las dos formamos parte de una misma trama familiar en la que yo ocupo un rol mucho más incómodo, menos diplomático y naife: la del revelador de la verdad con pocas pulgas o de aquello que nadie tiene muchas ganas de ver, de pensar o de aceptar. Pero, también, termino más conmovida y hondamente tironeada por la preocupación de cómo mejorar ese molde. Mi hermana es acuariana: quiebra el molde, sin anuncios estridentes. Sin debates apasionados y febriles. Funda o repite sin pensar demás de dónde viene, a dónde va.
Entre otras cosas que me distancian de ella como de toda mi familia eso que ellos se autoelogian como el respetuoso don de la puntualidad y yo desprecio porque lo estimo la forma camuflada de una descomunal ansiedad y una llamativa incapacidad para estar de con ellos mismos. Finalmente, no creo demasiado en la gente que no se autocomplace: en mi escala de valores están por debajo que aquellos que se conocen y pronuncian le guste a quien le guste (pero arriba de aquellos que ni registran la idea de complacer y todo es un estiramiento de designios y deberes; la vida como un chicle de responsabilidades…). Y verdaderamente, por ejemplo ahora, no sé cuánto pensaba leer, trabajar, resolver o desayunar esta mañana… Solo tengo en claro las interrupciones y que están pasando… que son innegables y que no pueden no oírse… Entonces bailo en el living con Juan Modern loves y no sé si lamentarme por ella por mí o por los niños, pero descarto por completo el propósito de avanzar en mi proyecto; le digo a mi hermana que tal vez podamos vernos a la tarde para tomar una merienda en Gûemes como versión reducida de grupo de autoayuda y comienzo a meter en un bolso rayado: frutas, un pareo, el neceser con champú/jabón/cremadeenjuague, mudas para Juan, un libro de Carver que no leeré realmente, un protector solar factor +50 para los dos…
No digamos que estoy yendo a la playa –a relamerme como un lobo marino en el balneario burgués donde todos los servicios ya fueron previamente pensados y resueltos por alguien ni a descansar-; digamos que no tengo un plan genial para divertirnos acá adentro de casa y que a pesar del cansancio y las ganas de echarme en un sillón a dormir o algo parecido voy a hacer de chofer y de madre hasta la playa donde –mientras Juan patalea en la pileta- releeré varias veces las mismas oraciones del libro de Carver y pensaré en la persona que me dijo “madre sola” y a la que yo creí ponerle los puntos diciéndole: “madre es una decisión definitiva; sola es una circunstancia y cambia…” como en una encarnación que vino a revelar una verdad que yo negaba… ; untaré sobre su hermosa y suave piel blanca kilos de Dermaglós, pasearé su felicidad sobre un morey –delante de él y a su pedido, tirando de la soga mientras mi sombra proyectada en el océano es la de un beduino equivocado, en malla, caminando junto a su dromedario; una sombra que no advierte bien quién guía a quién en el desierto- entre olas y aguas saladas, oyendo otros ruidos, su pedido de más velocidad y sus carcajadas… Que a lo mejor, con viento a favor, cerca del fin de tarde, el guardavidas -enternecido conmigo desde que me conoció: cansada y sin saber siquiera en qué consiste muy claro estar en pose- me cebe un mate haciendo pocas, lineales preguntas, entre ratos de un cálido mutismo que me relaja y me hace sentir cómoda tanto como para poder perderme en el horizonte y no rehuir a su gotero de charla... Y entonces puedo quedarme allí: de frente al sol, cercana al agua, acompañada y sola, devolviendo un mate que no es mío… pensando en algo impreciso y luego en otra cosa.
Más tarde vuelvo -sintiendo que he cumplido, con la energía renovada- a subir y a bajar la loma de calle Roca, cruzando perpendiculares desde donde vienen voces de pájaros, árboles que dicen cosas apenas legibles y brisas que operan en mi pelo con la misma eficacia que los peluqueros en el backstage del Fashion Week, mientras creo que conduzco un auto y otras cosas. En un audio de whassap, mi hermana me pregunta: ¿querés hacer un happy hour en Antares en media hora?
Pienso que ella está con Facu y yo con Juan. Pienso si da o no, pero si no es así no habrá un encuentro. Pienso que estaba yendo a lo de mi mamá a pasear al perro porque ella está estudiando para dar su clase en el doctorado… Y pienso cómo hago para llegar a cumplir con todo si no salí bañada el balneario de la playa… Planifico darle una vuelta corta al Negro y bañarme en su casa aunque se queje de que la invadimos y la distraemos “Juan no, por supuesto; vos tenés la culpa” (yo para ella siempre tengo la culpa de algo) y pienso que tendré que recordar bajar del auto mi neceser porque es la única persona que conozco que tiene en el rellano de mármol lindero a la bañera tres champú y tres cremas de enjuague exactamente iguales -no entiendo si como previsión, obsesión, desmemoria o megaoferta de lo más descabellada que encontró disponible la última vez que fue al super- pero lo único cierto es que ninguno le sirve a mi pelo y no deja de ser esto una buena metáfora de cómo siempre han sido las cosas entre nosotras dos.   
Subimos con Juan a la carrera la escalera, tiramos los bolsos por ahí. Mi madre abraza a Juan y reprocha que yo esté allí. Hago que no la escucho, subo otra escalera abrazada a mi bolsito de productos de perfumería, abro la ducha y me meto debajo. A través del ventilux que está sobre su bañera, veo al sol naranja entre los techos y al vecino, con pantalón de lino blanco, regando sus rosales.
-¿Y el Negro?- me grita desde abajo
- Decile que ahora voy…
Después Juan sube y deambula por la planta alta de la casa de su abuela. Juega a ponerse sus anteojos de lectura e imitarla: “¿Qué, querido?” y nos reímos; yo desnuda en la ducha, el vestido y rociado de arena. Mi hermana manda mensajes cercándome contra el reloj. “Yo en veinte minutos ya estoy ahí. Copá una mesa”. Juan no está bañado y no deja los anteojos. El Negro ladra en el jardín. Mi mamá dice que su casa es un quilombo por tres granos de arena. Que le compró a Juan más frutas y huevos. Que tiene para regalarme una caja de pastas de Don Francisco, que le rompe las pelotas que yo crea que su casa es un parador. Habla y habla desde el piso de abajo. El Negro ladra; Juan no me lleva el apunte. Mi hermana dice que me apure. No tengo ropa para ir a un bar. Pruebo el mismo short de jean blanco con el que venía; una camiseta negra vieja que hay adentro de uno de los placares del cuarto que era de mi hermana y un labial tostado, le grito a Juan por quinta vez: “¡báñate!” y quince minutos después, le digo por quinta vez: “¡Por favor, ponete las zapatillas que Tete me mata!”. “Quiero ver a Tete y a Facu”, me dice. “Vestite, entonces”. Pero vestirse no le importa. “No grites!”, grita mi madre desde abajo. Otro mensaje. Bajo corriendo, levanto el bolso a la pasada. Mi mamá me arroja cosas que me impone que me lleve… “¡Por favor! Concluyamos con la etapa de encomienda. No vivo más en La Plata. Estoy a veinte cuadras de tu casa, me estoy yendo un bar y el puesto de huevos de la plaza me queda de pasada… No hace falta ir haciendo equilibrio con esta cajita”. “Sos una desagradecida... “empieza y sigue; Juan sigue sin ponerse sus zapatillas, mi hermana sigue mandándome mensajes. Ya estoy muy retrasada. Bajo la escalera a la calle, harta de repetir, de repetirme, de escucharme, escuchar a mi madre y de que Juan no me escuche… Tiro todo en el auto: el bolso, las bolsas, la mochila de Juan y la mía de cuero y cierro la puerta con traba; todas las llaves adentro, el celular también.
-          --¡La puta madre!- grito. Un gorrión me contesta algo.
Subo y le digo a mi mamá lo que me pasó…
-          --Ah, pero sos…
-          --Chst. Callate… - y me largo a llorar.
-          --Me tenés re podrida… Andate de acá; tengo que estudiar.
-          --¿En qué querés que me vaya?
-          --¿Y el Negro? ¿Quién lo pasea?
De su celular llamo a mi hermana llorando.
-          --Bueno, bueno, bueno. En cinco minutos llego.
Llega caminando con una mamuschka de gente: un pato sonajero de peluche, adentro de la boca de Facu; Facu adentro del huevo y la misma fuerza para todo.
-          --¿Llamaste a una cerrajería?
Le digo que no con la cabeza, mientras me sueno con una kleenex. Juan está en penitencia poniéndose las zapatillas en el sillón. Deja el huevo. Facu también llora. Lo levanta y se lo deja en los brazos a mi mamá, que lee su tesis doctoral por el rabillo del ojo. Ella toma la guía, llama, tramita con concesión lo que le importa como una chica de la mafia, resuelve.
-          --¡Se ahogan en un vaso de agua, viejo!
A los cinco minutos veo llegar a la patrulla de rescate en un Clio de color blanco.
-          --Probá con tu llave- le grito desde el balcón al flaco parecido a Fido Dido y voy en busca de ellos.
-          --¿Vos sos tarada? No son todos iguales los Clío… Para eso te lo abría yo…- me dice mi hermana, ahora su bebé en sus brazos: los dos sentados al lado de mi hijo, de scouts ante una penitencia laxa de donde cada uno que pasa lo rescata. La miro y me doy media vuelta. Abro las tres cerraduras: la puerta de entrada de madera y la reja… Bajo la escalera perfumada por los jazmines blancos, llego al nivel de la calle. La patrulla dice a coro: “éste es” frente al único auto que hay estacionado en media cuadra y antes de que llegue a decir nada más el flaco ha metido un gigante alambre dentro de la puerta y con la misma pericia con la que enhebraba mi abuelo su aguja de sastre o mi madre la de los expedientes que irían camino a Tribunales, toca con el alambre la manija interna y levanta el picaporte con la otra mano. Lo abre.
-          --Son 400 pesos –dice el más viejo: - Ahora vas a tener que hacer el techo de nuevo… -dice el otro, para descomprimir. Ambos se ríen. Yo no. Me ha cobrado 400 pesos; 300 más de los que tengo hasta fin de mes. Los paga mi hermana.
Tiene eso, mi hermana: ese estoicisimo para resolver lo importante que es una herencia de mi madre pero sin sus notas punk; en un modo relajado, con el aplomo justo y una dulzura que en su caso –a diferencia del de mi madre- me hacen saber sin dudas de un modo de amar. Le admiro tantas cosas… el aguante de scout, la entrega, la efectividad y precisión en la ayuda y la tremenda cintura para hacerse humo y dar con sus momentos. Sabe este equilibrio incluso estando en pareja. Incluso teniendo un bebé de cuatro meses y siendo primeriza. Incluso viendo a sus amigas y cumpliendo con lo debido. Yo no soy así. Me embrollo. Colapso. Nunca me dan las cuentas. Me encapricho con placebos: plantas, libros, cremas, difusores, comida de ricos, vinos orgánicos condicionándome económicamente a poder pagar cosas más efectivas como una niñera, alguien que limpie mi casa o la apertura de una puerta.
Abrimos la puerta y nos vamos. Mi mamá nos da indicaciones, dice que soy una pelotuda, pregunta a los gritos, desde el rellano superior de la escalera, si nos vamos a llevar los huevos…
-          --¡Ay, por favooooor!!! –suelto alteradamente…
-          --Ya los tengo acá- dice mi hermana, media sonrisa, una mano en la manija del huevo que sostiene a su hijo, la otra me hace el gesto a mí de tenerlos por el piso y yo me muero…
Suelto una carcajada, un llanto, apoyo un antebrazo sobre el techo del auto, la frente contra el codo, cruzo las piernas…
-          --Me hago pis… -le digo
-          --¿Qué le pasa? –grita mi mamá, nuevamente… Y por cuarta vez lo saluda a Juan, que la mira desde la vereda…
-          --Es lo que me falta- dice mi hermana.
-         -- No puedo manejar así…
Me alivia ir de copiloto, por fin un rato de irresponsabilidad… Doy vuelta la cabeza, miro a los niños. Facu se tranza a su sonajero de pato; Juan con su ternura me dice “hola mami”, yo olvido mi enojo; su sonrisa me gana siempre. Busco un cd de Calamaro en la guantera, ella se ajusta sus lentes redondos marrones nacarados de sol y se tira el pelo rubio hacia un costado, mira por el retrovisor como si fuéramos a tomar la carretera del desierto.
-         -- Voy a dormir
-          --… diría Alfonsina (Storni)…-- juega.
-          --No quiero más dramatismo en este día, te lo pido por favor – le digo.
Andrés canta una fracción de la canción: “te espero con el asado con cuero, mañana, en la suite Cacho Fontana”. Y creo que cualquiera de las dos iría. Y luego cantamos los tres, a coro, recordando los viejos tiempos cuando estas canciones eran la banda de sonido de algunos primeros amores, en los bares de Alem, a dos cuadras del mar:

Son las nueve, yo creí que eran las tres 
todavía no pude comer, dejar de temblar no era un juego, era fuego 
y habrá que pagar la cuenta del incendio 
pero aquellas maratones sin parar de escupir canciones 
fueron buena pesca y tal vez 
el dolor desaparezca
(…) fueron las canciones 
mi recompensa 
canciones de dolor real 
pero canciones no más 
canciones partidas por la mitad 
pero canciones no más 
canciones de amor perdído 
pero canciones no más 
canciones que confiesan todo 
pero canciones para mí, y los demás 
pero sí los demás terminan por derramar una lágrima
o cantar será un premio 
más valioso que el dinero 
eso ya lo tengo 
y la tristeza también.

-          --¿A dónde vamos?
-          --No sé… ¿A casa? - sugiero
-         -- Nooo… Yo necesito una birra
-          --Sí… Yo también… pero…
Piensa un momento, desestimando la contrariedad.
-          --Ah, ya sé. Hay un bar medieval de cerveza artesanal por acá que dicen que está bueno…
No miro mientras entramos, trasladando bártulos e hijos… Nos encontramos con el padre de unas amigas de la infancia. Le decimos que somos felices y que no encontramos tiempos propios… ¿ves? Y dice: “ahora son más hermanas que antes”. Juan dice que quiere Coca cola y papas fritas. Mi hermana dice que Facu quiere dormir. El bar está casi vacío y nos sentamos a una mesa sin mediar mucha reflexión. A mí me ahuyentan unos posters pixelados de Mel Gibson y se lo digo.
-          --Chst –chista. – Ni se ven…
Tres de las cuatro paredes tienen posters de películas épicas de época. ¿Quién le sugirió este bar? Es como si pusiera un bar porno con afiches de clasificadas.
-          --¿Acá? -pregunto
-         -- ¿Qué tiene?
-          --Sí. No. Nada.
Pienso: malas impresiones en 3D, botellas de Tía María sosteniendo velas derretidas de parafina, mala acústica y parlantes con Dread Maray.
-         -- ¿No querés que vayamos a La Paloma?
Me mira estressada
-          --Capaz que la cerveza es rica; hay que ver que tienen…
Además de scout –o quizás por esa misma condición- tiene la gran habilidad de ver lo bueno de todas las cosas y mentalizarse positivamente. Además de la capacidad de anticipación y un enfoque claro y preciso, tengo la imposibilidad de abstraerme de las condiciones de decoración de un lugar… No puedo, cuando la luz viene de arriba y es blancuzca; no puedo si la música raspa en el parlante y está al volumen de una juventud que yo ya he perdido. No puedo si ya predigo las condiciones en que va a venir cualquier cosa que pidamos. La moza llega sin solicitud y sin la carta. Ella dice que quiere una honey; yo una scoth (y que me la lleven hasta el auto).
-          --Bueno… -digo, pensando que por fin está empezando esa conversación, ocho horas más tarde
-          --Egué –dice mi sobrino
-          --Quiero papas fritas
-          --Sí, ahora te las traen, Juan. El taller de lectura ya está armado- le digo a mi hermana
  --Acá están las cervezas
-         --  Quiero unas papas
-          --Ahora vengo y les tomo el resto del pedido
-          --Sí, gracias
-          --Brindemos –dice mi hermana
-         -- Egué –otro anticipo de llanto de Facu.
-          --Sí, igual te quería preguntar si a vos te parece que también incluya algunos de los cuentos que charlamos de Schweblin
-          --Egué
-          --Bueno Facu… -dice y le da la mamadera.
Disiento con los padres modernos… No soy de lo más tradicional pero no entiendo la política esa de que los bebés tengan que acostumbrarse al ruido. ¿Hay necesidad? Me acuerdo de un poema de Sergio Bizzio: yo también lloraría.
-         --¿No querés que compremos una pizza, que vayamos a casa?
-         --No, ya está. Todo bien… Se tiene que adaptar al mundo…
Yo pienso en cómo; me cuesta a los treintayseis y no se me ocurren estrategias de imposición o persuasión. Tampoco creo que sea bueno decirles: miren… el mundo mayormente es una mierda… Pero me debato internamente todo el tiempo cuánto está bueno aceptar las cosas como son… Y cuánto decirles: aprendan a sacarse de encima todo aquello que crean que deben aprender, porque no sirve.
-          --¿Qué les traigo?
-         -- Papas fritas –me adelanto y cierro. - ¿algo más?
-          --Agua
-          --Quiero Coca –dice Juan
-          --Es una porquería la Coca, Juan
-          --Bueno y vas a dar dos talleres este año; yo uno.. 
-          --No sé cuándo leer…- protesto
-          ---Yo tampoco sé. Lo que sé… es que nos hubiera convenido poner una cerrajería… Tendríamos muchas más puertas abiertas
Me río.
-          --¡Me olvidé de pedirle a mamá el teléfono de Rata! –dice, de pronto.
Hace unos días le comenté, en otra de nuestras conversaciones interrumpidas, que quería escribir un libro; una crónica larga sobre el universo del surf. Ahora le digo que quiero el teléfono de otro surfista, cuya historia me gusta por haber salido huyendo de una familia de la duhaldista.
-          --Pero no tiene nada que ver…
-          --¿Cómo que no?
-          --¡No existe ese pibe! En cambio Rata, el Rulo… son gente que tiene escuela, que ganaron muchos campeonatos, que viajaron por el mundo surfeando y fueron campeones.
-         --¿Y vos pensás que yo quiero escribir una historia de campeones?- le pregunto.
Medita un minuto midiéndose contra su eficacia.
-          --Ah, ¿no?
-          --No
-         -- ¿Y de qué escribirías vos una historia?
Pienso en el color con que hoy he visto el mar. Pienso en el rato de ayer que fui sola a la playa y en un descanso boca arriba, luego de haber nadado un rato, vi la vela gris plomo y amarilla banana de un velero que flotaba a lo lejos… Y, más cerca, a una chica haciendo SUP. Y entonces pensé en él… y en cómo habría salido de aquella tierra firme… y en un señor con aspecto de chofer de colectivo de vacaciones que un rato antes se sacaba una selfie con fondo de agua… Y pensé a quién le mandaría esa foto… Y pensé cómo llegamos a que la gente compre un palo de la selfie en una tienda y en cómo llegamos a tantos lugares… Y en todos las impredecibles historias que se alojan en ese universo sin fin donde los bordes se diluyen y sólo advertimos la superficie de las cosas.  
-          --De sobrevivientes.
Vuelvo a la mesa. Mi hermana está muda tragando su honey. Juan come sus papas fritas. Facu se ha dormido.
-          --Yo podría escribir una historia de sobrevivientes. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cierre / de los micros a la macro idea del amor

El idioma del cielo / primera parte

Tres / Luminiscencia de la luna llena en Virgo