el principio del surf
Alrededor de las doce del mediodía llamo a mi hermana.
-Te llamo para hacer
catarsis…
Atrás de su silencio mi sobrino de cuatro
meses llora con los pulmones bien despabilados.
-¿Qué pasa Facu?-
pregunta ella, con dulzura… A mí, con sincera intriga: -¿Qué pasó?
No sé si
es el mejor contexto para hablar… Permanezco en silencio mientras se me ocurre
que juntos hacen una buena dupla, como la de Pavarotti y Bono en Mrs Sarajevo.
-¿Qué pasó?- repite
- Ahora que sos madre y me entendés… te quería
preguntar: ¿no se lee más con estos pibes? Estoy tratando de escribir tres
líneas de un correo porque ya asumí no poder revisar una novela y Juan no para
de pedirme frutas, que lo mire, que juguemos, que tomemos café, que le ponga
música… que bailemos.
- Ah… -pierde el interés… -No sé, no sé… Son las 12 y
estoy desde las 8 intentando terminar un trabajo para la Maestría que debería haberme
llevado media hora. Nunca me pude concentrar…
Mi hermana es así. Todo en el universo que habita tiene tabulado su
tiempo específico de duración y sus propósitos; su comienzo, su costo y su fin.
Es medida, responsable y cumplidora con el mundo y las obligaciones. Sin
embargo, es inflexible cuando algo no responde a su eficaz planificación, reprime
mal sus expectativas en algún destilado decir sobre lo poco ecuánimes que son sus
ganancias en el plazo fijo en el que ha invertido tanto… sin ir más lejos: en mí
-y en todas las circunstancias en que me ha ayudado o sacado las papas del
fuego-. No se descompone ni excede en ese reproche; lo hace con calma y
firmeza, disimulando civilizadamente la verdadera lava. Yo, acostumbrada al
borde donde asoma la emocionalidad –incluso haciendo cuentas- me enojo sin
eufemismos; le mando mensajes que están demás y de los que luego me arrepiento levantando
el tono de voz por no sentirme a su altura moral ni tan eficaz en el ejercicio
de la organización de la vida –ese complejos equilibrio entre los tiempos
propios y los de los demás; entre estar para los amores y pedir de ellos, sostener
la economía, y ocuparse de lustrar también los brazos con los que uno suele
contar; y estipular un sabio cupo donde entren la molestia de los ruidos
externos, internos y la cantidad de palabras emitidas y a quién- y termino
llorando. Ella es profesora de Letras, de Literatura y yo, periodista, aunque
creo que es ella verdaderamente quien tiene un sentido más fuerte de la
realidad y yo, más capacidad de vuelo. Ella es una scout del mundo por naturaleza y una buena administradora; es una
persona capaz de andar repartiendo curitas en el medio del fuego cruzado. Nunca
entendí cómo hizo para no estallar, no enloquecer ni quedar sorda, dando pasos
asertivos en medio del campo minado que fue nuestra familia después de la
separación de mis padres –o quizás antes también.
Yo soy una derrochadora sin planificación –de energía, de tiempo, de
plata- que necesita mucho volver a cada rato a su mundo interior y que el mundo
deje de romper las pelotas con sus Ítems; cosa que si bien es infrecuente que
pase yo hago que pase incluso cuando la conquista adquiera bisos de barbarie.
No tolero que mis tiempos sean pautados por otros: tardo en desayunar y para
salir de mi casa; para llegar a la playa y al trabajo (entendiendo que el sol,
la playa y el trabajo estarán allí siempre, conmigo o sin mí); para decretar el
horario fijo en que Juan se va dormir y puedo recomenzar esa vida paralela
menos doméstica, más artística y aparentemente silenciosa... Me estresa muchísimo
reducir la vida a exigencias externas, aunque me considero empática por
naturaleza con ciertos seres humanos y si siento que mi vida tiene algún
sentido para los demás es cuando ayudo a que puedan ver más allá de la pared
que creen tener en frente y me creo capaz de hacerles cambiar sus vidas sólo
por su bien, con un solo decir y reír, pero soy muy poco consecuente como
compañía y detesto el rol de asistente social: creo que lo mejor que puedo
hacer es elevar el nivel de conciencia y ya. Como contracara a esta disposición
no puedo evitar ver a otros sin la máscara que se esfuerzan en sostener: tardo
un instante en ver el fondo de ojo y tenerlos desnudos -inclusive a mí misma mirándolos,
así se trate de jefes, conocidos, gente que no mira a los ojos cuando habla, potenciales
relaciones, hombres en plan de seducción, mujeres que quieren caer simpáticas- con
una estimación muy realista de sus capacidades e incapacidades y con un error
de cálculo de centésimas de pulgada. Mi carta natal dice que tengo facultades
excepcionales para destacarme en profesiones como psiquiatra o detective, pero
también dice que tengo pensamientos obsesivos que no chequeo con nadie y que
probablemente me equivoque de profesión. Así que acá estoy… escribiendo una
especie de crónica de autor… considerando que no se entiende muy bien quién
reparte los dones y con qué objetivo. Y volviendo al punto… el otro
inconveniente es que estos descubrimientos me llegan demasiado rápido e
inconscientemente; como si oliera un perfume: en un lugar que es previo al
pensamiento, el de la percepción y antes de que el consenso de la realidad me los
celebre, la obra de teatro se despliegue y concluya y otras percepciones
humanas me lo confirmen con verdades a media asta, yo ya lo sé… Sólo tengo que
esperar que el resto llegue ahí y saberme sola durante el camino. Que no es
mucho ni poco.
La relación con mi hermana es casi estrictamente mi única relación
fundante de amor verdadero, genuino, cómplice. Pero las dos formamos parte de
una misma trama familiar en la que yo ocupo un rol mucho más incómodo, menos
diplomático y naife: la del revelador
de la verdad con pocas pulgas o de aquello que nadie tiene muchas ganas de ver,
de pensar o de aceptar. Pero, también, termino más conmovida y hondamente
tironeada por la preocupación de cómo mejorar ese molde. Mi hermana es
acuariana: quiebra el molde, sin anuncios estridentes. Sin debates apasionados
y febriles. Funda o repite sin pensar demás de dónde viene, a dónde va.
Entre otras cosas que me distancian de ella como de toda mi familia eso
que ellos se autoelogian como el
respetuoso don de la puntualidad y yo desprecio porque lo estimo la forma
camuflada de una descomunal ansiedad y una llamativa incapacidad para estar de con
ellos mismos. Finalmente, no creo demasiado en la gente que no se autocomplace:
en mi escala de valores están por debajo
que aquellos que se conocen y pronuncian le guste a quien le guste (pero arriba de aquellos que ni registran la
idea de complacer y todo es un estiramiento de designios y deberes; la vida
como un chicle de responsabilidades…). Y verdaderamente, por ejemplo ahora, no
sé cuánto pensaba leer, trabajar, resolver o desayunar esta mañana… Solo tengo
en claro las interrupciones y que están pasando… que son innegables y que no
pueden no oírse… Entonces bailo en el living con Juan Modern loves y no sé si lamentarme por ella por mí o por los niños,
pero descarto por completo el propósito de avanzar en mi proyecto; le digo a mi
hermana que tal vez podamos vernos a la tarde para tomar una merienda en Gûemes
como versión reducida de grupo de autoayuda y comienzo a meter en un bolso rayado:
frutas, un pareo, el neceser con champú/jabón/cremadeenjuague, mudas para Juan,
un libro de Carver que no leeré realmente, un protector solar factor +50 para
los dos…
No digamos que estoy yendo a la playa –a relamerme como un lobo marino en
el balneario burgués donde todos los servicios ya fueron previamente pensados y
resueltos por alguien ni a descansar-; digamos que no tengo un plan genial para
divertirnos acá adentro de casa y que a pesar del cansancio y las ganas de
echarme en un sillón a dormir o algo parecido voy a hacer de chofer y de madre
hasta la playa donde –mientras Juan patalea en la pileta- releeré varias veces
las mismas oraciones del libro de Carver y pensaré en la persona que me dijo
“madre sola” y a la que yo creí ponerle los puntos diciéndole: “madre es una
decisión definitiva; sola es una circunstancia y cambia…” como en una
encarnación que vino a revelar una verdad que yo negaba… ; untaré sobre su
hermosa y suave piel blanca kilos de Dermaglós, pasearé su felicidad sobre un morey
–delante de él y a su pedido, tirando de la soga mientras mi sombra proyectada
en el océano es la de un beduino equivocado, en malla, caminando junto a su
dromedario; una sombra que no advierte bien quién guía a quién en el desierto-
entre olas y aguas saladas, oyendo otros ruidos, su pedido de más velocidad y
sus carcajadas… Que a lo mejor, con viento a favor, cerca del fin de tarde, el
guardavidas -enternecido conmigo desde que me conoció: cansada y sin saber siquiera
en qué consiste muy claro estar en pose- me cebe un mate haciendo pocas, lineales
preguntas, entre ratos de un cálido mutismo que me relaja y me hace sentir
cómoda tanto como para poder perderme en el horizonte y no rehuir a su gotero
de charla... Y entonces puedo quedarme allí: de frente al sol, cercana al agua,
acompañada y sola, devolviendo un mate que no es mío… pensando en algo impreciso
y luego en otra cosa.
Más tarde vuelvo -sintiendo que he cumplido, con la energía renovada- a
subir y a bajar la loma de calle Roca, cruzando perpendiculares desde donde
vienen voces de pájaros, árboles que dicen cosas apenas legibles y brisas que
operan en mi pelo con la misma eficacia que los peluqueros en el backstage del
Fashion Week, mientras creo que conduzco un auto y otras cosas. En un audio de
whassap, mi hermana me pregunta: ¿querés hacer un happy hour en Antares en
media hora?
Pienso que ella está con Facu y yo con Juan. Pienso si da o no, pero si
no es así no habrá un encuentro. Pienso que estaba yendo a lo de mi mamá a
pasear al perro porque ella está estudiando para dar su clase en el doctorado…
Y pienso cómo hago para llegar a cumplir con todo si no salí bañada el
balneario de la playa… Planifico darle una vuelta corta al Negro y bañarme en su
casa aunque se queje de que la invadimos y la distraemos “Juan no, por
supuesto; vos tenés la culpa” (yo para ella siempre tengo la culpa de algo) y pienso
que tendré que recordar bajar del auto mi neceser porque es la única persona
que conozco que tiene en el rellano de mármol lindero a la bañera tres champú y
tres cremas de enjuague exactamente iguales -no entiendo si como previsión,
obsesión, desmemoria o megaoferta de lo más descabellada que encontró disponible
la última vez que fue al super- pero lo único cierto es que ninguno le sirve a
mi pelo y no deja de ser esto una buena metáfora de cómo siempre han sido las
cosas entre nosotras dos.
Subimos con Juan a la carrera la escalera, tiramos los bolsos por ahí. Mi
madre abraza a Juan y reprocha que yo esté allí. Hago que no la escucho, subo
otra escalera abrazada a mi bolsito de productos de perfumería, abro la ducha y
me meto debajo. A través del ventilux que está sobre su bañera, veo al sol
naranja entre los techos y al vecino, con pantalón de lino blanco, regando sus
rosales.
-¿Y el Negro?- me grita desde abajo
- Decile que ahora voy…
Después Juan sube y deambula por la planta alta de la casa de su abuela.
Juega a ponerse sus anteojos de lectura e imitarla: “¿Qué, querido?” y nos
reímos; yo desnuda en la ducha, el vestido y rociado de arena. Mi hermana manda
mensajes cercándome contra el reloj. “Yo en veinte minutos ya estoy ahí. Copá
una mesa”. Juan no está bañado y no deja los anteojos. El Negro ladra en el
jardín. Mi mamá dice que su casa es un quilombo por tres granos de arena. Que
le compró a Juan más frutas y huevos. Que tiene para regalarme una caja de
pastas de Don Francisco, que le rompe las pelotas que yo crea que su casa es un
parador. Habla y habla desde el piso de abajo. El Negro ladra; Juan no me lleva
el apunte. Mi hermana dice que me apure. No tengo ropa para ir a un bar. Pruebo
el mismo short de jean blanco con el que venía; una camiseta negra vieja que
hay adentro de uno de los placares del cuarto que era de mi hermana y un labial
tostado, le grito a Juan por quinta vez: “¡báñate!” y quince minutos después,
le digo por quinta vez: “¡Por favor, ponete las zapatillas que Tete me mata!”.
“Quiero ver a Tete y a Facu”, me dice. “Vestite, entonces”. Pero vestirse no le
importa. “No grites!”, grita mi madre desde abajo. Otro mensaje. Bajo
corriendo, levanto el bolso a la pasada. Mi mamá me arroja cosas que me impone
que me lleve… “¡Por favor! Concluyamos con la etapa de encomienda. No vivo más en
La Plata. Estoy a veinte cuadras de tu casa, me estoy yendo un bar y el puesto
de huevos de la plaza me queda de pasada… No hace falta ir haciendo equilibrio
con esta cajita”. “Sos una desagradecida... “empieza y sigue; Juan sigue sin
ponerse sus zapatillas, mi hermana sigue mandándome mensajes. Ya estoy muy
retrasada. Bajo la escalera a la calle, harta de repetir, de repetirme, de escucharme,
escuchar a mi madre y de que Juan no me escuche… Tiro todo en el auto: el
bolso, las bolsas, la mochila de Juan y la mía de cuero y cierro la puerta con
traba; todas las llaves adentro, el celular también.
- --¡La puta madre!- grito. Un gorrión me contesta
algo.
Subo y le digo a mi mamá lo que me pasó…
- --Ah, pero sos…
- --Chst. Callate… - y me largo a llorar.
- --Me tenés re podrida… Andate de acá; tengo que
estudiar.
- --¿En qué querés que me vaya?
- --¿Y el Negro? ¿Quién lo pasea?
De su celular llamo a mi hermana llorando.
- --Bueno, bueno, bueno. En cinco minutos llego.
Llega caminando con una mamuschka de gente: un pato sonajero de peluche,
adentro de la boca de Facu; Facu adentro del huevo y la misma fuerza para todo.
- --¿Llamaste a una cerrajería?
Le digo que no con la cabeza, mientras me sueno con una kleenex. Juan está en penitencia
poniéndose las zapatillas en el sillón. Deja el huevo. Facu también llora. Lo
levanta y se lo deja en los brazos a mi mamá, que lee su tesis doctoral por el
rabillo del ojo. Ella toma la guía, llama, tramita con concesión lo que le
importa como una chica de la mafia, resuelve.
- --¡Se ahogan en un vaso de agua, viejo!
A los cinco minutos veo llegar a la patrulla de rescate en un Clio de color
blanco.
- --Probá con tu llave- le grito desde el balcón al
flaco parecido a Fido Dido y voy en busca de ellos.
- --¿Vos sos tarada? No son todos iguales los Clío…
Para eso te lo abría yo…- me dice mi hermana, ahora su bebé en sus brazos:
los dos sentados al lado de mi hijo, de scouts ante una penitencia laxa de
donde cada uno que pasa lo rescata. La miro y me doy media vuelta. Abro las
tres cerraduras: la puerta de entrada de madera y la reja… Bajo la escalera
perfumada por los jazmines blancos, llego al nivel de la calle. La patrulla
dice a coro: “éste es” frente al único auto que hay estacionado en media cuadra
y antes de que llegue a decir nada más el flaco ha metido un gigante alambre
dentro de la puerta y con la misma pericia con la que enhebraba mi abuelo su
aguja de sastre o mi madre la de los expedientes que irían camino a Tribunales,
toca con el alambre la manija interna y levanta el picaporte con la otra mano.
Lo abre.
- --Son 400 pesos –dice el más viejo: - Ahora vas a
tener que hacer el techo de nuevo… -dice el otro, para descomprimir. Ambos se
ríen. Yo no. Me ha cobrado 400 pesos; 300 más de los que tengo hasta fin de
mes. Los paga mi hermana.
Tiene eso, mi hermana: ese estoicisimo
para resolver lo importante que es una herencia de mi madre pero sin sus notas
punk; en un modo relajado, con el aplomo justo y una dulzura que en su caso –a
diferencia del de mi madre- me hacen saber sin dudas de un modo de amar. Le
admiro tantas cosas… el aguante de scout, la entrega, la efectividad y
precisión en la ayuda y la tremenda cintura para hacerse humo y dar con sus
momentos. Sabe este equilibrio incluso estando en pareja. Incluso teniendo un
bebé de cuatro meses y siendo primeriza. Incluso viendo a sus amigas y cumpliendo
con lo debido. Yo no soy así. Me embrollo. Colapso. Nunca me dan las cuentas. Me
encapricho con placebos: plantas, libros, cremas, difusores, comida de ricos,
vinos orgánicos condicionándome económicamente a poder pagar cosas más
efectivas como una niñera, alguien que limpie mi casa o la apertura de una
puerta.
Abrimos la puerta y nos vamos. Mi mamá nos
da indicaciones, dice que soy una pelotuda, pregunta a los gritos, desde el
rellano superior de la escalera, si nos vamos a llevar los huevos…
- --¡Ay, por favooooor!!! –suelto alteradamente…
- --Ya los tengo acá- dice mi hermana, media
sonrisa, una mano en la manija del huevo que sostiene a su hijo, la otra me
hace el gesto a mí de tenerlos por el piso y yo me muero…
Suelto una carcajada, un llanto, apoyo un
antebrazo sobre el techo del auto, la frente contra el codo, cruzo las piernas…
- --Me hago pis… -le digo
- --¿Qué le pasa? –grita mi mamá, nuevamente… Y por
cuarta vez lo saluda a Juan, que la mira desde la vereda…
- --Es lo que me falta- dice mi hermana.
- -- No puedo manejar así…
Me alivia ir de copiloto, por fin un rato
de irresponsabilidad… Doy vuelta la cabeza, miro a los niños. Facu se tranza a
su sonajero de pato; Juan con su ternura me dice “hola mami”, yo olvido mi
enojo; su sonrisa me gana siempre. Busco un cd de Calamaro en la guantera, ella
se ajusta sus lentes redondos marrones nacarados de sol y se tira el pelo rubio
hacia un costado, mira por el retrovisor como si fuéramos a tomar la carretera
del desierto.
- -- Voy a dormir
- --… diría Alfonsina (Storni)…-- juega.
- --No quiero más dramatismo en este día, te lo pido
por favor – le digo.
Andrés canta una
fracción de la canción: “te espero con el asado con cuero, mañana, en la suite
Cacho Fontana”. Y creo que cualquiera de las dos iría. Y luego cantamos los
tres, a coro, recordando los viejos tiempos cuando estas canciones eran la
banda de sonido de algunos primeros amores, en los bares de Alem, a dos cuadras
del mar:
Son las nueve, yo creí que eran las tres
todavía no pude comer, dejar de temblar no era un juego, era fuego
y habrá que pagar la cuenta del incendio
pero aquellas maratones sin parar de escupir canciones
fueron buena pesca y tal vez
el dolor desaparezca…
(…) fueron las canciones
mi recompensa
canciones de dolor real
pero canciones no más
canciones partidas por la mitad
pero canciones no más
canciones de amor perdído
pero canciones no más
canciones que confiesan todo
pero canciones para mí, y los demás
pero sí los demás terminan por derramar una lágrima
todavía no pude comer, dejar de temblar no era un juego, era fuego
y habrá que pagar la cuenta del incendio
pero aquellas maratones sin parar de escupir canciones
fueron buena pesca y tal vez
el dolor desaparezca…
(…) fueron las canciones
mi recompensa
canciones de dolor real
pero canciones no más
canciones partidas por la mitad
pero canciones no más
canciones de amor perdído
pero canciones no más
canciones que confiesan todo
pero canciones para mí, y los demás
pero sí los demás terminan por derramar una lágrima
o cantar será un premio
más valioso que el dinero
eso ya lo tengo
y la tristeza también.
más valioso que el dinero
eso ya lo tengo
y la tristeza también.
- --¿A dónde vamos?
- --No sé… ¿A casa? - sugiero
- -- Nooo… Yo necesito una birra
- --Sí… Yo también… pero…
Piensa un momento, desestimando la contrariedad.
- --Ah, ya sé. Hay un bar medieval de cerveza
artesanal por acá que dicen que está bueno…
No miro mientras entramos, trasladando bártulos e hijos… Nos encontramos
con el padre de unas amigas de la infancia. Le decimos que somos felices y que
no encontramos tiempos propios… ¿ves? Y dice: “ahora son más hermanas que
antes”. Juan dice que quiere Coca cola y papas fritas. Mi hermana dice que Facu
quiere dormir. El bar está casi vacío y nos sentamos a una mesa sin mediar
mucha reflexión. A mí me ahuyentan unos posters pixelados de Mel Gibson y se lo
digo.
- --Chst –chista. – Ni se ven…
Tres de las cuatro paredes tienen posters de películas épicas de época. ¿Quién
le sugirió este bar? Es como si pusiera un bar porno con afiches de
clasificadas.
- --¿Acá? -pregunto
- -- ¿Qué tiene?
- --Sí. No. Nada.
Pienso: malas impresiones en 3D, botellas de Tía María sosteniendo velas
derretidas de parafina, mala acústica y parlantes con Dread Maray.
- -- ¿No querés que vayamos a La Paloma?
Me mira estressada
- --Capaz que la cerveza es rica; hay que ver que
tienen…
Además de scout –o quizás por esa misma condición- tiene la gran
habilidad de ver lo bueno de todas las cosas y mentalizarse positivamente.
Además de la capacidad de anticipación y un enfoque claro y preciso, tengo la
imposibilidad de abstraerme de las condiciones de decoración de un lugar… No
puedo, cuando la luz viene de arriba y es blancuzca; no puedo si la música
raspa en el parlante y está al volumen de una juventud que yo ya he perdido. No
puedo si ya predigo las condiciones en que va a venir cualquier cosa que
pidamos. La moza llega sin solicitud y sin la carta. Ella dice que quiere una
honey; yo una scoth (y que me la lleven hasta el auto).
- --Bueno… -digo, pensando que por fin está
empezando esa conversación, ocho horas más tarde
- --Egué –dice mi sobrino
- --Quiero papas fritas
- --Sí, ahora te las traen, Juan. El taller de
lectura ya está armado- le digo a mi hermana
--Acá están las cervezas
- -- Quiero unas papas
- --Ahora vengo y les tomo el resto del pedido
- --Sí, gracias
- --Brindemos –dice mi hermana
- -- Egué –otro anticipo de llanto de Facu.
- --Sí, igual te quería preguntar si a vos te parece
que también incluya algunos de los cuentos que charlamos de Schweblin
- --Egué
- --Bueno Facu… -dice y le da la mamadera.
Disiento con los padres modernos… No soy de lo más tradicional pero no
entiendo la política esa de que los bebés tengan que acostumbrarse al ruido.
¿Hay necesidad? Me acuerdo de un poema de Sergio Bizzio: yo también lloraría.
- --¿No querés que compremos una pizza, que vayamos
a casa?
- --No, ya está. Todo bien… Se tiene que adaptar al
mundo…
Yo pienso en cómo; me cuesta a los treintayseis y no se me ocurren
estrategias de imposición o persuasión. Tampoco creo que sea bueno decirles:
miren… el mundo mayormente es una mierda… Pero me debato internamente todo el
tiempo cuánto está bueno aceptar las cosas como son… Y cuánto decirles:
aprendan a sacarse de encima todo aquello que crean que deben aprender, porque
no sirve.
- --¿Qué les traigo?
- -- Papas fritas –me adelanto y cierro. - ¿algo más?
- --Agua
- --Quiero Coca –dice Juan
- --Es una porquería la Coca, Juan
- --Bueno y vas a dar dos talleres este año; yo
uno..
- --No sé cuándo leer…- protesto
- ---Yo tampoco sé. Lo que sé… es que nos hubiera
convenido poner una cerrajería… Tendríamos muchas más puertas abiertas
Me río.
- --¡Me olvidé de pedirle a mamá el teléfono de
Rata! –dice, de pronto.
Hace unos días le comenté, en otra de nuestras conversaciones
interrumpidas, que quería escribir un libro; una crónica larga sobre el
universo del surf. Ahora le digo que quiero el teléfono de otro surfista, cuya
historia me gusta por haber salido huyendo de una familia de la duhaldista.
- --Pero no tiene nada que ver…
- --¿Cómo que no?
- --¡No existe ese pibe! En cambio Rata, el Rulo… son gente que tiene
escuela, que ganaron muchos campeonatos, que viajaron por el mundo surfeando y fueron campeones.
- --¿Y vos pensás que yo quiero escribir una
historia de campeones?- le pregunto.
Medita un minuto midiéndose contra su eficacia.
- --Ah, ¿no?
- --No
- -- ¿Y de qué escribirías vos una historia?
Pienso en el color con que hoy he visto el mar. Pienso en el rato de ayer
que fui sola a la playa y en un descanso boca arriba, luego de haber nadado un
rato, vi la vela gris plomo y amarilla banana de un velero que flotaba a lo
lejos… Y, más cerca, a una chica haciendo SUP. Y entonces pensé en él… y en
cómo habría salido de aquella tierra firme… y en un señor con aspecto de chofer
de colectivo de vacaciones que un rato antes se sacaba una selfie con fondo de agua… Y pensé a quién le mandaría esa foto… Y
pensé cómo llegamos a que la gente compre un palo de la selfie en una tienda y en cómo llegamos a tantos lugares… Y en
todos las impredecibles historias que se alojan en ese universo sin fin donde
los bordes se diluyen y sólo advertimos la superficie de las cosas.
- --De sobrevivientes.
Vuelvo a la mesa. Mi hermana está muda tragando su honey. Juan come sus
papas fritas. Facu se ha dormido.
- --Yo podría escribir una historia de
sobrevivientes.
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