una profunda desorganización



… el norte, el lugar preciso, la certeza,
el destino, el plan, la decisión,
la condición, la conciencia, el progreso,
la evitación del caos o el caos como oportunidad,
la crisis como generación…

Bajo la influencia de tantas estrellas,
en profunda desorganización,
yo, como ellas, en el frío espacio infinito,
sé que la vida es titilar
y no otra cosa.

preguntarme por la esencia
que queda al final del desorden y el sentido de ordenar
no tendrá lugar
si el cosmos
-un mar dado vuelta que no cae-,
una historia universal sin gravedad,
tampoco tiene una respuesta

buscar es navegar
con destino incierto al horizonte
dar muchas vueltas…
ahora que los elefantes han dejado de tener paciencia bajo nuestros pies:
se han rendido de cansancio
y nos dejaron en un sitio parecido al primero
y hubo que reencontrar las preguntas.

Tengo la mirada puesta en la verdad de una consciencia que va más allá de las razones,
del tiempo y del lugar...
Y vuelve.
Porque algo sabe sobre el ser desde el punto en que partió
Y se va…
porque algo mucho más fuerte que el reconocimiento de la ubicación
es el encuentro.
Tengo la voz a veces interrumpida porque me canso de la comunicación.
El olfato, en la memoria emotiva.
Tacto, cuando alguien me muestra su alma, incluso para hacerla despertar.
Oído absoluto, para lo que quiero y para lo que no se me escapa.
Y es una forma de estar –los sentidos-
presente/ausente en todos lados
lo máximo que puedo dar:
la noción y la certeza del camino como conexión
la demarcación por encima de los límites previstos, la ruta trazada
una contienda, en el aire, a eso que nos aleja
y una pregunta irónica: ¿eso cuánto es?
Y nadie sabe fijar exacto.

Me encuentro mirando otros ojos.
Me devuelven
a mí y a la curiosidad por el mundo,
a la naturalidad de sostener la vida sin tenerla agarrada,
a la primera mirada del amor, que siempre es primera y esperanzadora.
A los otros.

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