luminiscencia
Entre los velos
entre los velos de la luz de la mañana
suele ocurrir
casi el milagro
del silencio y la voz de los pájaros.
Cuentan…
la historia feliz del andar libre
correr sin prisa…
bajo el sol del campo o de la playa
por la única velocidad de la expresión
de su ser, su poder y las ganas
por la capacidad de ir
sin miedo,
regidos por el viento,
al espacio por ver
al futuro sin saber
que se trata de eso
y abrazar lo que venga.
Vuelta de los vuelos en que se filma ese don
entre mis sábanas blancas
con algunos pájaros violetas que pican flores y no vuelan
me acuna esa luminiscencia.
Desvestida al otro lado de la intemperie
me queda en la piel el arrojo que tengo por ser
quien no cumpla el propósito humano
diga más de la verdad natural animal sin razón
de ese canto y andar, sin cuidar, sin pensar
vidrio, tiempo, pronóstico, diferencia.
Y entonces la distancia un poco se evapora.
De este lado de la ventana…
sin gravidez, extendida, tendida,
fundida con todo -de cuanto aquello nos han separado-
recomponiendo lo cierto,
sin que pese ya el
cuerpo
sin calcular el lugar que ocuparon todas las cosas
el tiempo que duran, cuando las vivimos
el tiempo que duran cuando las revivimos
miro el poco carretel que le queda al miedo…
¿Qué haríamos de
saber algo de nuestra verdadera esencia?
¿Volar?
¿Cantar?
¿Volver?
Hallo en la paz del tiempo que no es tiempo para nada
un instante que es completo cuando nadie ni yo corremos,
un fuera del recuerdo y del compromiso de seguir hacia adelante
un momento de sincronicidad
con el ciclo en donde está
un alivio en la verdad
de que nada funciona linealmente:
las hojas se caen; los pájaros también callan; la nube tapa
al sol,
y silva un viento incómodo la música en tres tiempos de la
trama.
Pero todo se modifica enteramente. Se está modificando.
Ahora.
Aunque parezca quieto, eterno, seguro.
Recibo la luz de la mañana,
el frío del invierno,
el perder,
el dejar,
el soltar
el sentir si es frío o dolor sin juzgarme
sin temer, sin tener
como un lavar la ropa de ayer que se ha ensuciado.
Llego hasta la luz de la ventana
para cuando cae
una hoja más.
Mi mirada ya no cae
rendida con la hoja sobre el suelo
busca la estoica desnudez de lo que queda,
la austera supervivencia de la rama
sin prisa por hallar
un traje, un sol, una flor,
un nuevo brote del amor,
una sonrisa,
una explicación,
un árbol que lo enraíce y encuadre ese sentir
una forma elegante de decir,
una respuesta,
un fin,
una llegada.

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