Días de la Argentina



No caímos en la educación pública: gracias a su abrazo nos convertimos en personas que nos miramos a los ojos; que trascendimos educaciones y crianzas de diferentes casas natales, el color local de los pueblos y las ciudades de las que vinimos, los códigos del barrio o los estereotipos de chica bien que nos ofreció la secundaria privada sobre todo de espíritu crítico embarcada en un plan católico que sólo aportaba confusión y nuestras fantasías de lo que era crecer.
Sí caemos en un lugar de MMierda que nos propone estos tiempos: los momentos en que sentimos que nos ganan. Los momentos de no rumbo, no future; de tristeza, de pesar, de dolor, cuando vemos reflejado todo eso un poco más allá y no es porque se esté disipando sino expandiendo; tomando ahora al otro. Aunque intentemos no prestar todo el tiempo atención a las noticias que se filtran por las redes, a las caras que se ven, a los carros con cartones, los negocios cerrando, a cada minuto de su siniestra acción que es la ruina de todas las cosas, expandida en tiempo y espacio; aunque hayamos decidido resistir de algún modo –en mi caso es no prestar atención a ninguna declaración de un psicópata, no comprometer la energía en calentarme, asumir (integrar) que esto fue elegido por nosotros y aunque uno no haya sido, el de al lado sí y el de por allá, pero ya no sirve la pregunta: ¿cómo carajo le pudieron creer? ¿no lo veían antes? ¿no sabían que esto iba a ser así? Él y todos sus secuaces están haciendo bien su trabajo (a lo que vinieron); a lo mejor eran ustedes los que no sabían a qué iban a jugar….  No querían saberlo. Como sea… Acá estamos… Y lo más triste es que personalmente pienso que no se resuelve cuando se vayan. Porque posta es que junto a ellos habría que echar a la mitad de la gente de este país también y no por ignorantes o gorilas: también por masoquistas. Pero ya está… Es un solo país regido bajo una “democracia” y es necesario soportar eso: que a veces el otro juntó más (si más votos o más rencor y resentimiento es un tema aparte) y a veces el otro se equivoca y el error lo pagamos todos.
A pesar de no prestarle la energía a la queja y brindársela a aquellas cosas que queremos hacer, igualmente siento que calan hasta donde conservamos lo mejor: el deseo de reunir nuestro espíritu con la propia materia humana en acción durante el tiempo que podemos tomar, que es en el que estamos, volviéndolo propio y presente. En uno u otro momento caemos y nos preguntarnos, entre amigos, si no estará mal tener un buen día, un sueño… mientras ocurre todo lo que ocurre; si no será un sinsentido hacer algo en donde pulse la vida –hacer un bar, una canción, una revista, una novela, hacer el amor, hacer una valija para ir de vacaciones, hacer un hijo, una película, una cena-; si no estará mal ser feliz. Cuando no me toca a mí ser la que pregunta, digo que ¡no! Entonces digo ahora que ¡no! Que todas ganas de crear y hacer son genuinas, que necesitamos eso para contrarrestar el miedo, el odio, el cinismo.
-          “¿No será delirante abrir otro restaurant cuando la gente no tiene para comer?- me pregunta mi amigo
-          No. Creer nos salva, reír nos salva, confiar nos salva, hacer nos vuelve humanos.
Le digo que si no nos vamos es porque acá sentimos que queremos hacer nuestra vida. Y que ya deberíamos a esta altura haber asumido que toda pregunta por el ser nacional se resume a la pregunta por el grado de bipolaridad que podamos aceptar, entendiendo que deberá ser amplio, para permanecer y tolerar ir de un extremo de la política al otro en un lapso de dos años.
Permanecer aquí es surfear en ese insólito mar. Hayamos elegido o no, ahora nos toca esto… porque la mitad quiere exactamente lo contrario a lo que nos mueve a nosotros. No es que se equivocaron. Verdaderamente no confío en la gente que nació en la selva que es este país y la juega de oveja. Hay un tipo de moralismo y falsa honestidad que me aburre mucho. Es la gente que cree que el problema es la corrupción, cuando nunca una campaña política se financió vendiendo estampitas en los semáforos. Es la gente que para no ser gobernada por ladrones vota a asesinos. El problema de la real politik es de qué lado está el poder; quién lo tiene y para qué lo usa. Me aburren los olfas que vienen a contar cómo se la robaron. Siguiente tema, por favor. Demasiado temprano para la peluquería. Digan, mejor, directamente qué preferían: más presupuesto para estar seguros, más disciplina, menos para “gasto público” (su concepción de gasto público son las garantías sociales, los derechos humanos, la educación, la salud). Bueno, eso. Acá estamos. Sin eufemismos ni chusmerío de TN. La mitad de este país es gorila. Es así. Pobres, ricos, formados en educación pública, no formados, informados, emigrados y regresados, comerciantes, profesionales, trabajadores incansables, trabajadores estatales sin sueños… son detalles menores. Ellos votarán a gobiernos que no sólo hacen lo distinto sino que deshacen todo lo hecho. ¿Cuándo fue distinto?
Pero no podemos vivir mirándonos entre nosotros así. Nunca está bueno mirar al otro como la contracara de uno mismo. No sirve ni siquiera para entenderse a uno mismo. Simplificando… la clave es integrarnos: decir que, en algún punto, nos debe gustar un poco a todos estar siempre en el grado cero (o menos cero) de la Historia. Yo creo que de esa revelación deberíamos sacar la primera deducción de todos nuestros problemas sociales, vinculares, afectivos y personales.
Al otro lado del teléfono mi amigo se ríe. Yo también.
-          Gaby, no podemos estar todos en el piso todo el tiempo. Tampoco nos ayudamos así.

Y ahí debió ocurrir algo imposible… que contradice la Física y la ley de gravedad. Debe haber algún poder inexplorado en la sincronicidad, el amor y la realidad cuántica, porque a pesar de estar ahora en ciudades distintas y a que él pesa dos veces más que yo, mi mano lo levanta. Y ahora cruza la tarde del domingo por la ruta que vuelve de Olmos a La Plata, riéndose, creyendo nuevamente en su proyecto hermoso de un bar lleno de flores, plantas, horno de barro, discos; vuelve escuchando funk.

Yo banco bajar la guardia
Es lunes por la mañana. En Mar del Plata amanece horrible. Va a llover y aunque los árboles estén empezando a reverdecer y el mar habitualmente tenga color azul, hoy se han ido todos los colores. Aún no es primavera. Vuelvo de dejar a Juan en el jardín. Paro en una panadería. Algo tiene que estar muy mal adentro mío para que termine comprando facturas. Lo sé. Porque me deprimen las facturas. Me deprimen las facturas y la gente que está siempre ocupada o tiene algo que hacer y desestima la importancia del ocio y la improductividad. Me aburre el sistema; que haya siempre una forma pensada para todo. Que todo tenga una respuesta. Me aburre la era del marketing digital. Me aburre el Instagram: me la re seca ver las fotos tuneadas de la gente. Me aburre la gente que le saca foto a lo que come y que tensa la risa para la selfie. Odio los hashtags. Odio los “algo”times: los funny times, friends times, vacation times. ¿No saben titular? Entré en una fase de mí muy renegada de la que me cuesta un rato salir. En un mundo donde todo el mundo quiere mostrase agradable, feliz, deseable, activo, ocupado, acompañado, divertido.
Atravieso Quintana pensando para qué sirve una sociedad. A quién se le ocurrió que era un mejor plan que la anarquía de los indios que ya estaban. Si de todos modos, también termina imperando la ley de la fuerza. La sociedad me parece una basura. Lo que hace de las personas me parece una basura: personas más miedosas, traidoras a sus tiempos y deseos interiores, a sus necesidades; hipócritas, especuladores, necesitadas del consenso todo el día. Que hacen cualquier cosa por pertenecer –a un trabajo, un aula, a un matrimonio, un grupo, un club- y ser bien vistas. Hablo de lo que se pierde del alma en ese agradar y consentir. Hablo de todo lo que no suena bien o no conviene decir. Y me parece sinsentido salir de la cama algunos días.
Desayuno y me quiero ir a dormir otra vez. Hace más o menos un mes no encuentro un plan mejor que dormir. O algunos otros sí, pero mezclados con dormir. ¿Dónde fue a parar mi energía?
Me pregunto qué sentido tiene todo y sobre todo escribir, editar, publicar, cuando ha subido 40% el precio del papel, un 12% el valor de las exportaciones, cuando han caído un 30% las ventas de libros, cuando estos últimos tres meses murieron revistas y suplementos y diarios y despidieron periodistas de Télam y otros medios; del canal de Mar del Plata, de las redacciones de agencia. Cuando los libros que no se venden, como el pan del día, terminan llendo a parar a la guillotina. Los basureros nuestros de cada día: de tecnología, de ropa, de libros. Y a quién carajo le importa leer ficción… Si con la realidad argentina, que es de no creer, para melodrama nos sobra.
Cada tantos meses pienso que sería mejor hacer cualquier otra cosa: estafar bancos, mentir a los jefes, dedicarme a casarme, jugar bien al hockey, hablar más velozmente de cosas menos importantes hasta donde ese tono femenino se convierte en algo que nadie escucha y todo se hace como ellas quieren... Cierro la computadora, me enojan todas mis elecciones, evito escribir, salir a comunicarme en mi fase destructiva de sol escorpiano, me evito a mí misma, acumulo polvillo sobre la tapa de la notebook, compro plantas, hago blends de té, hago como que busco trabajo cuando sé perfectamente que nadie querría una empleada como yo –insolente, impuntual, desafiante del poder y enamorada de sus causas, que se dedica con esmero a elevar el nivel de consciencia de cualquier empleado raso y de todos aquellos que creen que deben cumplir, obedecer y agachar la cabeza-, cebo mate y riego plantas.
No tengo ganas de leer. No tengo ganas de escribir. Hace un mes no toco la computadora que está sobre el escritorio donde escribo. No tengo ganas de mirar Netflix; finalmente me parece un basura yanqui, donde sí se censura el desnudo del cuerpo y no se condenan las imágenes truculentas e indiscriminadas de violencia. Hay un placer impostado en mirar Netflix. No quiero que me digan cómo gozar de mi ocio o cómo evadir mi melancolía. Miro el cuadro estático frente a mí que hizo un trío de ilustradores sobre Marguerite Duras y que enmarqué hace muchos años. Es una mariposa emergiendo sobre las cúpulas de la ciudad de Saigón y sobre los edificios impostados de otras ciudades. Tiene el cuerpo negro y las alas de color té con leche… Alas que se apenas se disuelven en el blanco; un cuerpo negro trazado como un tajo contra el fondo blanco. “Me dije que uno escribe siempre sobre el cuerpo muerto del mundo… “, dice escrito casi imperceptiblemente, en una tipografía sanserif.
Me llegan dos mensajes por Whassap. Uno es de mi amiga Guille, diciendo que amaneció más o menos igual que yo; con la guardia baja. Le contesto. “El día no ayuda. Es lunes. No hay sol y hace frío. Yo banco bajar la guardia”. El otro es la respuesta de mi hermana, que aún está de mini vacaciones en Entre Ríos. Anoche le escribí: “te extraño! Se te ve de muy bien en las fotos. Amaría estar así. Acá hace un frío de cagarse, estoy a full con la calefacción”. Me responde recién ahora: “Vos acá te morís!!! Es un atentado a tu buen gusto. Estoy en una pileta que es una compota llena de viejas haciendo aqua gym…” Siempre admiro la buena energía que tiene mi hermana; que sea tan boyscout, tan dispuesta a entregarse a planes de otros, a consentir amigos, a negociar con la felicidad, a pensar en el otro; nunca logré entender cómo logró evadir con tanta destreza y salir tan indemne de la destrucción de ánima que fue mi madre. “Te llevo cítricos, quesos y miel” me dice. Sabe que esas tres cosas me hacen feliz. Y dado que tiene mejor relación con nuestro lado masculino que en nuestro caso es mi madre, agrega: “Y… ¡¡¡dejá de prender la calefacción cuando te ponés triste!!! Enterate en qué país vivís. Salí a correr”.
Recuerdo el prólogo de A propósito de las mujeres es un libro de Natalia Ginzburg. Lo busco. Dice: “Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo, de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote: ese es su verdadero problema (…) Lo que tiene que hacer las mujeres es defenderse con uñas y dientes de esta malsana costumbre, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importanes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser cada día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo”.
Sale el sol. Le digo a Guille que repunté. Que soy hija del sol y de la luna, me dice que ella también. Que si quiero nos vemos más tarde. Guardo el acolchado de invierno; saco el blanco de verano de la bolsa donde lo he encerrado con lavanda y colonia inglesa. Me pongo las pilas y las crocks. Busco a Juan en el jardín. Volvemos a casa. Pongo una canción de mi amiga Cocó que se llama Yo no quiero indignarme más: Quiero que la vida siga siendo genial…
Por la tarde, mientras Juan está haciendo sus actividades del martes, vagabundeo por un shopping. Tomo un café. Me meto en un negocio de ropa porque me llaman la atención los colores de la vidriera. De pronto pienso que debería salir un poco de mis hábitos: comprar toda la ropa en tres únicos tonos: blanco, negro y gris. Abandonar ese plan de outfit en que todo se vuelva tan contrastante o gris como la rutina y salir hacia otros horizontes. Miro al detalle las costuras de un pantalón de lino de color limón. Las tres prendas que me pruebo son naranja y de pronto me veo vestida como un hare krishna. Salgo sin ninguna bolsa, con el tiempo justo para llegar a buscar a Juan.


Try
A pesar de que en el último mes leí por lo menos diez notas y posteos desalentadores sobre la industria editorial y periodística; a pesar de todos los colegas y amigos despedidos de sus trabajos, a pesar de la recesión y de lo falta de importancia que parece asignársele al rubro de la cultura cuando el Estado se contrae y la gente se repliega, también, hacia el consumo medido de otras cuestiones que hacen a su supervivencia y primera necesidad, veo también que los editores conocidos, pequeños, colegas; que los periodistas y los escritores siguen publicando, quizás en medios autoconvocados, inventando talleres y siguen haciendo. Cuando lo que hacemos no garantiza la supervivencia, la superviencia nuestra termina garantizando lo que hacemos.
Vengo dando vueltas hace años, y luego estos últimos meses, entre otras cosas, con una novela que escribí y no sé si quiero realmente publicar. Me acostumbré a escribir for free, sin esperar nada a cambio, en los modos poco preconcebidos del blog, donde soy dueña de mi tiempo, mi forma y mi espacio…. donde el cierre no es un cierre sino un punto suspensivo; donde a lo cotidiano y urgente de decir o sacar puede agregarse un sentido más perenne y trascendental en un ejercicio que para mí es mucho más de alquimia, de intuición y de espontaneidad que de trabajo. Y, pienso, son relatos que me cuentan mejor: más en el camino…. Una historia de qué y cómo hago con la dispersión natural, el foco fijo para los detalles, las preocupaciones sociales, de género, de edad y el olfato para el perfume del tiempo contado en ciclos.
En cambio, con la novela (la posibilidad de volver algo papel, abrir y cerrar una historia, contar una sola historia con toda la pérdida que eso significa) se activan todas mis neurosis con respecto a qué valor tenga la historia en sí, los errores narrativos, lo que queda por contar o lo que hoy diría de otra manera (cosas que con el blog jamás me pasan) y me siento un poco como esos perros que tienen que portarse bien cuando salen a pasear… No distraerse, no cruzar la calle, quedarse sentados en la vereda mientras el dueño entra al bazar.
Sin ninguna garantía ni verdadera fe en que tenga sentido hacer algo mucho menos publicar un libro, le escribo un correo al editor de la editorial.
Hola, Fran… Debe haber subido a cualquier precio la imprenta… Y es tan mal momento para todo, incluido hacer un libro… que creo que tal vez hay que hacerlo igual. ¿En qué fecha estarías disponible para comenzar la edición?
Es miércoles y el sol anuncia que está por llegar la primavera. Hace meses, frente a mi casa, hay una legión de obreros reedificando un espacio para cumpleaños infantiles. Hay uno que llega siempre temprano, antes de las 8. Lo veo mientras desayuno con Juan, antes de salir para el jardín. Cuando salgo de casa nos saludamos con la mano; habitualmente han llegado ya los otros y con Juan vamos a llegar unos minutos tarde al jardín. Cuando regreso ya están todos distribuidos por la obra, haciendo ruido, subidos a una pared de ladrillos, doblando fierros o mezclando en el trompito cemento y arena. Yo me hago mate con miel y como nueces. Miro los pájaros venir al árbol que empieza a reverdecer, leo a Patti Smith; me pregunto muchas veces con qué fe se levantan. Pero ellos no están caídos. Están de pie laburando y entonces me pregunto con qué fe me levanto yo, cuando no está de por medio ocuparme de mi hijo, que ahora está ocupado de sí mismo en el jardín.
Le pregunto por audio a mi amigo José, que publicó dentro del catálogo de la misma editorial, cómo es que se vende una novela. Le explico que me torra tener que salir a vender mi novela. Que no sé si vale la pena. Que para qué. Que no sé comercializar las cosas. “No sé… porque publicar una novela no le importa a nadie… El otro día hablaba con un editor de discos al que hace muchos años le hice una nota que salió en Radar -y que fue mi primera nota y fue su primera nota en un medio de difusión nacional sobre su sello discográfico- también él me decía que sacar un disco no es ni siquiera una noticia…”
José para mí es una referencia. No sólo porque lo conozco hace mucho y lo quiero mucho. No sólo porque compartimos el karma del sol en escorpio y cumplimos años con días de diferencia. No sólo porque escribe muy bien y me gusta que escarbe donde lo hace, se abandone en una escritura y transpire de esa forma en sus novelas que he leído, editadas o inéditas. No sólo porque publicó en sellos grandes y chicos… y porque cambia de soporte y se ha vuelto en el último tiempo también performático, haciendo teatro y escribiendo guiones para cine sino también porque no deja de escribir.
-          ¿Te ponés a escribir por favor? Dejá de poner excusas. Dejá de perder el tiempo. Ponete en tu lugar. Llevás 2 minutos y medio de audio hablando conmigo; un tiempo en que sería mejor que estés escribiendo… Y te lo digo porque te quiero. Y porque no te ayudo dándote la razón. Acabo de mandar una novela a un concurso donde el 99,9% de posibilidades es que no gane nada y que no pase nada. Y ya estoy escribiendo otra. Porque es así. Porque me dedico a escribir. ¿A quién carajo le importa qué pasa después…? Sentate a escribir ya, fucking good, que es lo que sabes hacer bien y yo no soy tu padre.
Algo de su tiempo en el rugby le debe haber enseñado eso. A levantarse igual. Con la cara marcada o llena de barro. Con la remera rota, el resultado en contra, la lluvia, el adversario más fuerte, la vista nublada. De todos modos. Porque la H donde se convierte el try está siempre en el mismo lugar.
Ellos no pierden el norte. Admiro ciertas cosas de los hombres. Deberíamos aprender más de ellos. Y si no podemos, agradecer cuando nuestra energía se ha agotado en las millones de cosas en que se nos va y ellos nos insisten a volver al punto o nos despiertan con su hora de salida del jardín o están parados esperando las ocho para volver a dejar toda la energía que tienen en el lugar donde se necesita que dejen todo o cuando nos enseñan a levantarnos igual.

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