Cinco / Cambio en el contrato con la vida. Venus retrógrado en Escorpio
Leo en Luna de Abril: “A diferencia de los planetas más
lejanos de la tierra - Saturno, Urano, Neptuno, Chirón y Plutón- de los que
sentimos un impacto colectivo porque hablan de fuerzas transpersonales, cuando Mercurio, Venus y Marte -los planetas
más cercanos a la tierra- retrogradan solemos sentir el impacto energético
durante todo el
ciclo de su retrogradación. Su influencia es personal, próxima, íntima.
A esta altura del año para muchos es como si el caos
interno y externo se hubiese instalado. ¿No hay manera de volver a cómo estaban
las cosas antes? Y, ¿antes de qué? (…)
VENUS empezó su marcha retrógrada en Escorpio el 5 de
octubre. Estamos en casa de Escorpio, nos adentramos en
los reinos de sombra iniciática: un ciclo de vida-muerte-vida. Pero nuestro
renacer está asegurado. Solo tenemos que aceptar la invitación a morir.
Bajo esta luna nueva en Libra acompañamos a Venus en su viaje
iniciático. Esta es la fuerza arquetípica y restauradora de los patrones
originales de la belleza, el equilibrio, la armonía y el amor. Navegar es una de las características de
estos próximos días por el movimiento de nuestras aguas, con tres signos de agua activos a la vez. Capas de
memorias profundas brotaran a la luz de la conciencia y en este contexto de permeabilidad emocional,
entramos en la etapa del ciclo de Venus retrógrado en Escorpio como la invitación a cruzar la puerta alquímica para que el
agua sanadora nos ofrezca beber de su sabiduría, recibir su amorosa medicina.
Contexto de interrogación y renovación de nuestras relaciones. De
nuestra relación con nosotros mismos. Con la vida, la energía creativa, sexual,
nuestros recursos y dones y nuestros valores. El proceso es doloroso por las
memorias que despierta y porque nos habla de una desintoxicación bioquímica que
nuestro cuerpo puede interpretar como una muerte, como
si fuéramos ahora intolerantes a una energía que hemos aceptado hasta ahora,
pero de la que nuestro cuerpo está saturado. Escorpio nos habla de la energía
ajena como recurso: este espacio compartido es un campo emocional que implica
vulnerabilidad psíquica y energética. Escorpio es el signo que nos lleva a mirar
el territorio de la intimidad. Nos orienta a
liberarnos de relaciones cuyos campos energéticos compartidos no son sanos,
nutritivos, equilibrados y armónicos. El miedo que sentimos en medio de esta
vulnerabilidad es natural, de ahí que el llamado sea a acompañarnos a nosotros
mismos incondicionalmente y a dejar que el agua haga su trabajo: disuelva,
desate, limpie, sane, purifique las aguas tóxicas del pasado para llegar a ese
brote de agua libre, transparente”.
Entonces se dará una desprogramación de un código
de aceptación del abuso como un mecanismo de supervivencia. Este proceso de
liberación es imprescindible para nuestra soberanía energética y creativa.
Deberemos sostenernos en medio del caos y la disolución de este ciclo evolutivo
porque aunque este tránsito nos lleve por paisajes del inframundo el proceso
tiene un potencial liberador profundo que nos habla de una transformación personal; una renovación de nuestro contrato
del alma.
Venus está en el umbral de una zambullida sagrada
y nos invita a este umbral. En esta luna nueva decimos: sí, quiero que lo que tenga que morir
muera, para renacer en el nuevo brillo de Venus encarnado de
belleza, equilibrio y armonía”, como un
paso previo al 26 de octubre, cuando Venus se alinee entre el sol y a la
tierra; una conjunción que equivale a una de
las puntas de la Estrella de Cinco Puntas que Venus forma. Esta es la geometría
de Venus: El pentagrama y la flor de cinco pétalos. Y entonces la luna estará
llena en Tauro y Venus retrógrado en Escorpio. Y nosotros en una encrucijada
del destino.
En este tiempo pienso un
poco en lo ocurrido. Trato de hallar alguna revelación centrifugadora y simple.
O mantener la vista fija -en un plano general- en todas las pantallas abiertas donde
este año tocó saber algo, cambiar algo, aprender algo para encontrar la
conexión. Atravesar el umbral del confort, el control o la certeza. Generar en
mi interior la propia estructura nueva.
Acercándose mi cumpleaños
confío en que hay un cansancio que se irá… Que el recomenzar de un ciclo me
llevará con más frescura al verano, a pesar de que los años avancen. No suele creer
que envejecer… No suelo creer tampoco en
esto. Sino en la oportunidad de volver a empezar, con otra experiencia asentada
en la mirada. Es propia del signo de Escorpio, dicen, la conciencia de
evolucionar. No lo entiendo como una línea recta destinada al éxito o al
fracaso, sino en forma orgánica, armoniosa con la naturaleza. Una evolución más
parecida al cable del teléfono de línea, que en el camino hacia adelante
retrocede; al ADN, al crecimiento de las plantas, al aprendizaje rizomático.
Me gusta hacer un balance
general por esta fecha, desacompasado de aquel en el que liquidan las empresas;
entendiendo que un tiempo es un tempo y un ritmo propio o natural de caminar; que
no es cierto que todo junto caduque el 31 de diciembre y el 1 de enero vuelva a
empezar, aunque por esa fecha hago otro. De todos modos debe ser algo general
que compartimos en el inconsciente colectivo esto de alguna ficha que cae en
octubre. Digo, porque -por alguna razón- ocurre que el mes cataliza procesos, revoluciones
y determinaciones sociales y que también así ha sido a lo largo del siglo XX. Desde
hace muchos años, por esta fecha es cuando asiento en el cuerpo o la materia
algo nuevo. Y entonces cierro un libro o decido que una relación ya no va más.
Termino cosas: una tesis, un trabajo… Apunto hacer algo de lo postergado: sean
clases de surf o libros a escribir el próximo año. Pienso realmente y sin
mentirme en el anhelo, en adónde estoy parada y en la pertinencia del momento
para ir o no hacia las cosas anheladas. Después, la vida no me toma todo al pie
de la letra y viene a prepotearme con sus items… Un poco las cosas se corren… En
ese vaivén combato intentando hacer como los aikidistas: ir -mientras nada
pueda hacerse al respecto- con la fuerza de todo lo que venga sin calma o sin
clemencia a intentar moverme, tomándolo como condiciones que vienen desde
afuera a hacerme crecer, elongar, convertirme en un ser más duro y blando a la
vez; alguien que cede a los cataclismos, a los imprevistos sólo por un rato y vuelve
a su lugar sin desenraizar de las propias y verdaderas búsquedas e intenciones;
con más o menos sabiduría, eso ya no sé.
Lo que sí sé es que encontré
otro ascendente piscianos –en una comprensión más profunda del todo- me
confirma el camino, antes de recibir el final del viaje: la nueva luna en
Tauro, donde según las estimaciones astrológicas y los pronósticos del libro de
Ana Bilsky sobre el amor yo debería estaría llegando al lugar acertado.
Es el domingo del día de
la madre. Las dos cuadras que separan la feria de alimentos de mi casa huelen a
asado. No sé porqué pienso que todo el mundo está ahora comiéndose un asado al
que no estoy invitada. Algo me molesta ciertamente de los días festivos: la
determinación impersonal de que ese día haya que festejar. Me movilizan un poco
mal esas imposiciones. No quiero un checklist en la agenda para valorar este
milagroso regalo; lo puedo hacer cuando lo siento. Pero recibo con alegría el
abrazo de Juan, su beso, el regalo, un dibujo que me hace inspirado en una
canción de los Gatos y alguna otra sorpresa mágica que me llega durante las primeras
horas del día.
A media tarde vamos con
él a un vivero gigante. Nos gusta ir porque allí porque hay un estanque con
peces de colores; una mini plaza con casa de madera, tobogán y calesita y, a lo
largo de todo el predio, hermosas plantas de exterior, árboles, aromáticas,
crasas, un local de velas con objetos de mimbre y ratán y un extenso salón
húmedo y templado, silente, donde están las plantas de interior. Cruzando una
puerta doble, hay una terraza japonesa, con una cascada y un Buda chocando los
cinco con alguien que aún no ha llegado, algunos musgos y líquenes creciendo alrededor
de las piedras, distintas formas de vida. Hacemos todo el inmenso recorrido…
Pasamos allí casi dos horas. Cargamos en el carrito una planta de ínfimas rosas
blancas, otra parecida a un gomero enano y morado, tres plantines con flores
fucsias. El día está raro, espeso, nublado, tronador.
Quedé por la tardecita en
ver a Martín, que ha vuelto de Europa; verlo para saltar ese formato moderno que
cobró la amistad: los audios por Whatssap (todo un tema en sí mismo del que
ahora no voy a hablar). Va a venir a casa, según me dijo, cerca de las siete de
la tarde.
Llueve. O ha llovido. Ahora,
en la calle desierta del domingo a esa hora en que todavía algo de la luz
diáfana de la tarde queda, veo la camioneta estacionada de Martín y siento la
humedad alrededor de todas las cosas. Bajo del auto con Juan, dos bolsas con
plantas, la cartera. Martín baja de su camioneta con algo como una tarjeta en
la mano y una cerveza que ha venido haciendo milanesa en el piso del asiento
del acompañante y está llena de arena.
Arriba, ya con la puerta
abierta, los veladores encendidos, Martín ha cruzado el living y está mirando
las gotas de lluvia estacionadas en las hojas de los árboles, tras los
ventanales de la cocina. Me dice que me ha traído un regalo. Es una postal que
de un lado tiene impresa una foto de Gustavo Fritegotto con una guitarra enterrada
en el pasto de la que salen pasto, tierra y una rosa roja. Del otro, un texto
que Martín ha escrito sobre una de sus composiciones de música contemporánea llamada
Canto llano y que yo ahora prendo con imanes en la heladera, junto a otras
fotos y postales. Es un buen lugar para cosas que siempre quiero ver.
Hablamos un poco de cómo está
el mundo: Europa -demográficamente muerta-; América -barrida por estrafalarios
procesos de violencia organizada aprobados democráticamente empujando contra
todo la fuerza que emerge de algo que avanza, con el fin de hacerla retroceder-.
Esas complejidades que ni yo ni él, ni ahora ni nunca, vamos a poder resolver
pero que lo convocan a cada uno a pensar un cómo, un dónde estar y para qué.
-
Solo
hay que entender que una potencia sólo es aliada de otra potencia. Y que frente
a esa fuerza no se puede hacer nada; sólo hay que esperar que frene. Tratar de
cuidarse, de no ser egoísta y de mirar las cosas de un modo trágico. Sin
optimismo, sin pesimismo, sin dramatismo. Trágicamente. Para aceptarlas como
son. Y no en el sentido católico y religioso de la aceptación. Aceptar las
cosas como son. Una manifestación de la materia.
Juan llega a la cocina con un
guitarra, el ukelele, un tambor. ¿Qué hacer? Dice que, al menos, tratar de leer
este tiempo y lo que viene. Para saber qué decir. Juan toca un tambor y yo le
pido que haga el recital en el living, tolerando este breve paréntesis a la
vorágine de la vida que encontramos con Martín para poder hablar de algo. Mientras
abro la cerveza me reseña, de costado, algunos de libros de Jacques Atalli y
Michael Onfray algunos conceptos. No estoy atenta a nada bien. Juan me reclama
y voy al living, pongo música de Coldplay, vuelvo a la cocina.
Me cuesta pensar el concepto
en abstracto. Y entonces lo escucho tocar el tambor más fuerte, pegándole con
unos palos de la batería al ritmo de Army of one.
-
¿Qué
quiere decir que una potencia es aliada de otra potencia?
-
Esto
que está pasando ahora… Esto es. La fuerza de una potencia sólo es aliada de
otra potencia y no se puede parar. Hay que esperar que haga su ciclo. En algún
momento frena. Ahora la potencia se está expresando. Y hay que dejarla.
Las nubes se mueven apenas.
Tengo una declaración de la materia manifestándose con potencia adentro de mi
casa.
-
Igual,
Celi, quiero que me cuentes qué pasó con este año tuyo que te escuché como… con
la nube negra persiguiéndote…
-
Es
que no salió nada, incluso el libro que presenté para la beca del FNA y que
charlamos en mayo antes de entregar. Yo pensé que eso iba a salir, rescatando
así, de alguna manera, al año entero. Pero no… Yo que, como Mario, leo
Astrología había confiado allí ciertas expectativas. Este iba a ser un año en
que los propósitos, los proyectos, el amor se materializaría. Evidentemente me
cuestan las estructuras y edificaciones en la Tierra –le digo, sabiendo que no
corro ningún riesgo de no estar hablando el mismo idioma con un pisciano y como
metáfora de la dificultad y el desgano que me genera avanzar por esos carriles.
-
Mirá
–me dice, sacudiendo la cabeza, moviendo sus rulos -Yo te voy a recomendar una
cosa. Sé que te gustaría una respuesta de otra índole pero no la tengo ni creo
que las cosas se resuelvan así. Te estás peleando contra lo que no sos. Si sos
agua, sos agua. No sos Tierra. Pero hay un punto en que el agua tiene la
solidez necesaria. El agua se congela, los electrones se alinean y los átomos
se ordenan. Esto es una ley de la física. Lo sé porque mi novia es física.
-
¿Tu
novia sigue viviendo en Bariloche?
-
Sí.
-
¿Y
cómo hacen?
-
Viajamos.
Voy, viene. Esto es lo que te decía hoy… Un hecho trágico que no es necesario
vivir dramáticamente. ¿Qué quiere hacer? Lo que está haciendo. ¿Qué quiero
hacer yo? Esto que estoy viviendo acá. ¿Qué queremos hacer? Estar juntos.
Trágico. Pero lo aceptamos y ya.
Escucho a Juan cantar
rasgando fuerte la guitarra sin la presión de ningún acorde presionado, una
canción de Zeca Veloso: “Todo homen”. Me causa gracia la coincidencia de su
elección. Todo hombre necesita a su mamá, canta acapela esperando, con
diplomacia, reaparecer.
-
Volviendo a lo tuyo… Lo único que puedo realmente recomendarte con la fe
plena de que funciona es un rito de paso. Las sociedades amerindias usaban
estos rituales para pedir con la intención del corazón y confiar en que las
cosas llegan y en que uno comprende lo que tiene que comprender y lo atraviesa.
Algo muy pesado no se mueve más que con un
mínimo movimiento. Los flappers del avión no hacen grandes gesticulaciones.
Todo es muy sutil. Un acto psicomágico es un mínimo movimiento y la posibilidad
de salir por arriba de las situaciones donde las cosas se atascan o te cuestan
más.
Me cuenta la historia de una novela de
Thomas Bernhard: el malogrado. La historia de un pianista que tiene la impuntualidad de
nacer en mismo tiempo del glorioso y super pianista Glen Wool y él tiene todo
este tema de ser el malogrado, existiendo este otro tipo que llevó todo a otra
escala. En un rapto de locura está en un bosque nórdico y ve un fresno que le
molesta y decide tirarlo abajo. Piensa: ¿por qué no voy a poder tirar un
fresno? Y en ese momento se saca de encima la mirada sobre esa opresión y esa
obsesión perfeccionista que siente y que es más bien no haber podido encontrar
su propio camino de creatividad y tan solo se pone a cortar el fresno que está
frente a su ventana… Pero cuando tira el árbol, ya sin la presencia cegadora de
ese árbol, entiende que es a esa otra sombra a la que venció. El ritual puede ser
cualquier cosa, no importa qué. Algo, en el hacer de ese proceso mágico, te
revela lo que tenés que ver y logra que lo que buscabas encuentre su cause para
aparecer sobre la Tierra. Creeme que alcanza con un acto psicomágico, una
mentira sagrada. Porque hay algo que pasa en algún momento de la repetición de
un ritual que decanta.
Lo miro con seriedad un
rato largo.
-
¿Funciona
para cualquier deseo?
-
Celi
querida: funciona para todo. Hacé ese ritual. De entrar a la caverna, abrazar el
momento de oscuridad como antesala a la luz a descubrir.
Juan vuelve con una sonrisa inmensa.
-
Pequeño
Juan… No es que no sea child friendly, no creas eso: amo a los niños del mundo.
Pero tuve un fin de semana un poco agitado y excesivo. Y además hacía mucho que
no hablaba con tu mamá… Ahora me voy a ir… Y la próxima vez que venga te voy a
dedicar mi tiempo a vos, pero antes…
-
Esperá,
esperá – le dice Juan. – Te quiero decir algo…
Se va, riéndose. Prende
la luz del baño y vuelve con un peine.
-
Mirá…
- le dice, acercándose a sus rulos con el peine de dientes anchos.
No puedo evitar reirme.
Descreer de todo menos de lo que estoy viendo: con qué grado de confianza,
arrojo y entendimiento ha avanzado sobre nuestra charla y decreta su cese y su gracia.
-
Te
decía que antes… Tengo que hacerte unas preguntas. ¿De acuerdo?
-
Si
–contesta Juan autoimponiéndose seriedad, conteniendo la risa mejor que yo, aún
tentado.
-
Si
tuvieras alas y pudieras volar… (No las tenés así que no lo intentes acá en
casa porque nadie quiere correr a la Clínica del Niño; pero) si las tuvieras y
pudieras volar, ¿a dónde irías?
-
A
la montaña
-
¿A
qué montaña?
-
A
la montaña donde están las hadas, los reyes y las reinas, los magos y las magas
-
Perfecto.
Ya tengo toda la información que necesito de vos. La capitalizaré para cuando
regrese.
Sigo riéndome de esa
conversación desopilante, para cuando volvemos al living, bajamos la escalera,
acompañamos a Martín a atravesar la puerta y salir a la calle. Martín se está yendo;
ya abrieron la cochera y a Juan le pido que me acompañe a guardar el auto.
-
Mirá
qué linda luna- le dice Martín a Juan y le hace una caricia en la cabeza.
-
Es
luna llena
-
No.
Todavía no. Le falta un poquito. Dentro de unos días va a estar plena, ya la
vas a ver… Celi querida. Nos vemos el sábado en tu cumple.
Martín cruza la calle y
se sube a la camioneta. Yo me quedo mirando la órbita de la luna que faltará
hasta el viernes, cuando se complete y esté en Tauro, Venus en Escorpio.
Cuando Juan se ha dormido
me levanto de su cama y regreso a la cocina a hacerme un té. Saco la postal de
la heladera y leo su reverso: “¿Qué podemos aprender del sonido si nos movemos
un poquito más allá de la estética y la acústica? ¿Qué nos puede susurrar la
escucha cuando intentamos oír los grandes ciclos de los cielos, del cosmos que
nos vio nacer, nos verá morir y que seguramente morirá también? ¿Qué lecciones
misteriosas nos enseña la materia con sus ritmos, sus fragilidades y sus
durezas; sus leyes antiguas y futuras?”.

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