Cuatro / El impulso de nacer y de decir quién soy; luna llena en Aries.



Llega otra vez la luna llena. En algún punto del cielo, debajo de esas nubes, debe estar… Aunque ahora no la encuentre y no recuerde exactamente dónde la vi, cuando recién se completaba. Supe, entonces, que estaba ahí y que algunos días más duraría. La miré unos segundos –siempre un rato con la vista fija en ella me arrasa; síntomas distintos, extraños, como llorar, tener dolor de panza, que se me cierre la garganta-. Es mejor picar y luego detenerse en los alrededores… pantallas de aterrizaje… órbitas sucesivas de luminosidad adyacente. Y cómo irradian las superficies de las cosas.  La luz de es como la de un faro trabado en su andar. Descubre de la noche lo que hay para ver: los pastos mojados, la longitud de las sombras, la verdadera intención. Y entonces la razón no pesa nada. Comienza un ciclo nuevamente mientras acaba otro de cerrarse o sigue abierto.
La luna está en Aries y me toma cansada, haciéndole unos mimos a Juan, mientras nos acomodamos para leer un cuento. Espero íntimamente que se duerma pronto, para irme a leer las indicaciones de esta fase lunar y sobre los aprendizajes que nos depara este mes. Él habla de algo que como me lo cuenta resulta sin sentido. Le pregunto tres veces qué está diciendo porque no le entiendo, pero no me lo explica mejor; me lo repite.
-          ¿Mi amor, podés usar la palabra para comunicar? Porque fue inventada para eso… Al menos para la intención. Es un recurso que tenemos los humanos para vincularnos con el otro y ahorrar energía sobre el significado. A diferencia de la voz, que podemos usarla para vincularnos sin necesidad de entendernos, como música; la palabra, la idea es que la usemos también para entendernos. No es que no te esté escuchando; no te estoy entendiendo. Y te tocó una madre escritora y periodista
-          Yo también soy escritor y periodisto- me contesta, con la misma seguridad con la que cuando le preguntan cuántos años tiene dice: “setenta y ocho”… O cuando me pregunta algún camarero a mí él qué va a tomar, se apura: “café; no lágrima”, en una afirmación que es una disuasión a que yo apostille las proporciones de leche y café que tienen que ir a parar a ese jarrito.
-          Escritor y periodista se dice- le digo
Haciendo una pausa, a modo de cierre, cagándose en el lenguaje inclusivo y otras modas crossover, crossgénero y crossmedia, afirmándose por el mundo con su paso ariano, me contesta:
-Vos… sos periodista… Yo soy periodisto… Porque soy un señor…

La frase me parece perfecta. Esa conjugación del ser: en hoy. Soy… No importa si mañana lo mismo o qué. Un niño no es un proyecto de algo… Un niño es un ser completo, que no padece los trastornos de ansiedad y de tiempo que sí los adultos –vivir pensando en mañana y en ayer-. Un niño vive, define, conjuga, decreta, responde, esencialmente en tiempo presente. Aunque a veces diga “cuando era chiquito” o “mañana quiero tomar un helado”. De los niños debiéramos aprender la facilidad de la vida ocurriendo en este momento. La falta de vueltas para decir las cosas. Del libro de Ana Bilsky tomo esta frase que a su vez ella tomó prestada de algún otro lugar: “No somos seres humanos que venimos a elevarnos espiritualmente, sino que somos seres absolutamente desarrollados en nuestra espiritualidad que venimos a aprender la experiencia de lo humano”.
Juan, cada niño, cada ser es un escritor… Alguien que adentro o afuera narra su historia. Cada ser es periodista; alguien que siente curiosidad y pregunta. También creo que cada ser es un médico y cada ser es un filósofo y cada ser tiene la utopía de la justicia. Solo que de grandes olvidamos lo importante. Así que hubiera asentido, consentido, también, con cualquier otra definición tan alegre, en presente, en estado de poder y de afirmación. Me gusta ese estado de los seres humanos. Me gusta que sepamos que todas las capacidades –la de preguntar, contar, sanar, compartir- están en nosotros; no afuera y no en las estructuras, las leyes o los otros.
Pero además noto por primera vez, maravillada, que el periodismo es una profesión cargada con una inherente energía femenina, sin distinción de género para quien lo haga. Es, siempre, periodista. Sonrío. Me encuentro con íntimas y sutiles, poco instagrameables, satisfacciones cuando algo así ocurre: la puntuación precisa de un dicho, el milagro de la música, la apertura de la nueva hoja en una planta, el descubrimiento de una palabra, el olor previo a la lluvia, la temperatura perfecta del agua, una intuición. Aclarados los tantos, se incorpora, mete medio cuerpo bajo las sábanas y apoya su cabeza en mi hombro para que le lea un cuento. Un cuento que se llama El rey y la semilla. Se trata de un rey que convoca a todos los hombres solteros a su palacio y les reparta al azar semillas de plantas distintas. Les propone que vuelvan al cabo de seis meses con la planta que haya crecido. El que haya logrado cultivar la mejor planta será quien se case con su hija, herede el trono y gobierne el reino. Seis meses más tarde un montón de hombres intentan engañarlo llevándole al rey plantas fantásticas y deslumbrantes. Sin embargo, el rey sabía que de ninguna de esas semillas otorgadas crecería una planta. Elige, al único hombre que no tiene planta en su maceta y ha vuelto para dar la cara y decirle la verdad.
No pasan esas cosas en el mundo real. No existen reyes que elijan a hombres que les dicen la verdad para cuidar los reinos. Ni hombres honestos que lleguen a ser reyes. Pero sí creo que existe un poder muy fuerte en la metáfora y también en la verdad. Un poder liberador. Y también creo que hay reyes que se duermen y roncan antes de que los cuentos concluyan porque querrán escribirlos, con variaciones, en sus sueños. Tal vez sin chicas que no eligen… Sin tantas tierras donde crece la mentira, ni distinción entre un rey y un hombre bueno que dice la verdad. Tal vez, con semillas de verdad que florecen, crecen libres en la tierra sin restricciones ni parcelas.
Lo tapo un poco más y me vengo al living a leer y a escribir, como quien también se entrega a un sueño. No encuentro la luna llena a la vista, entre tantas nubes que parecen de humo. No la encuentro aunque esté, diciendo que llega el tiempo de dejar atrás el proceso del pasado trimestre, que en el cielo ha sido el de tres eclipses seguidos, en sincronía y la retrogradación de Marte, Mercurio y Saturno… Y en la tierra, un eco sonoro, profundo y semejante.
La luna está en Aries. En Aries se honra la virtud y valentía de nacer… Es un signo pasional, de afirmación en el mundo. Aunque aún Saturno, el anciano, esté tomando lecciones hasta diciembre, ha llegado el deseo de avanzar hacia el futuro, confirmar nuestra visión singular y única del mundo. Pero será con Chirón, la herida, cerca de la luna y en cuadratura con Saturno: con la necesidad de reconocer, abrazar la herida íntima y colectiva; reconocer el dolor, el trauma común de negar valores sagrados de la vida. La oscuridad llamando a ser vista y honrada. “La herida es el umbral hacia la luz creativa” dice Paloma Todd en su portal. Leo todo. Tomo notas. Comprendo el trabajo a hacer. Es una forma de la sabiduría de la luna saber cuándo brillar, cuándo esconderse y cuándo aparecer.

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