Dos / Saturno en Capricornio. La vida tumba de ensueños y la toma de la tierra




La noche de junio que estaba por tomarme el micro a La Plata para ir a firmar el acuerdo me fui de casa molesta. Finalmente, me habían avisado que la reunión se postergaba por un tema de mayor complejidad de la otra parte, pero ya había sacado el pasaje, arreglado que Juan se quedara en lo de mi mamá y me esperaban amigos a los que quería ver. Pero estaba rayada con irme de casa a esa hora en que suelo estar leyendo, tomando té y escuchando a Juan roncar en su cuarto o durmiendo. Me subí al taxi y el taxista se pasó el camino hablando de lo lindo que es para él viajar. Le contrarié todo. “Suerte”, me dijo: “Ponele ganas”. 
Me senté en mi asiento doble vacío. Al otro lado del pasillo se sentó un policía gordo que me dio impresión. Pensé en José, el padre de mi hijo; en las veces que me ha dicho que todo lo que uno no integra adentro ocurre afuera como destino y me quedé mirando sin ver la capucha del respaldo del asiento de adelante. Ese primer encuentro que tuvimos fue de José con mi inconsciente y la elección que de alguna manera hicimos ambos. Me miró dormir unos momentos antes de sentarse a mi lado con el boleto en la mano que decía que el asiento que le correspondía era el de adelante. Más tarde me lo confesó y también me dijo que, salvo a los niños, nunca vio a nadie que durmiera tan profundo y en paz. Una tarde discutiendo sobre cosas esenciales que para mí daban cuenta de que nuestra relación no iba funcionar, le dije: “es que te sentaste en el asiento equivocado. En un asiento que no era para vos y que sabías que no era para vos… Y así son las cosas”. “¿Y cómo son las cosas, a ver?”, me preguntó. “Me parece que, a pesar de todas mis limitaciones, tus razones y mis misterios, yo tan equivocado no estaba en lo que vi, Celina”. Entonces no comprendí qué me decía. Luego, pensando en ese momento, me han ganas de abrazarlo o de llorar o de preguntarme quién me creo que soy para sentir que mis guiones son mejores que lo que el mundo pudo haber escrito y me involucran. Para mi suerte y como antídoto contra la ansiedad de decretarlo todo y tirarme luego en una hamaca paraguaya a descansar, siento que muchas de las cosas no son tal como yo las hubiese escrito.  A veces huelo que la vida está llena de guiños, metáforas e ironías… Y voy tras esas pistas pero se me escapan las respuestas consistentes. Y que si escribo es, esencialmente, para dar cuenta de un periplo que tiene el propósito de buscar o encontrar el sentido de cada experiencia, para que no todo quede en los términos alocados, inasibles, inesperados e incomprensibles en que la vida me lleva más que yo a ella.
Antes de que arrancara el micro un hombre joven se sentó a mi lado. Fue rara la sensación; por alguna razón me sentí más tranquila. Lo miré. Saludó y saludé. Era alto; no tan alto como José y, como él, tenía pestañas largas. Ocupó su espalda todo el asiento. Respiré profundo e intenté dormir. No pude. Busqué mi celular, los auriculares; él hacía lo mismo en su mochila. Los dos estábamos de zapatillas. Muchas veces me he tomado ese mismo micro de alrededor de medianoche. Sólo que antes no me pasaba nada de todo eso: no estaba ni tan cansada, ni tan contracturada, ni extrañaba a mi hijo, ni sentía que era Mar del Plata mi lugar. Sentía, en cambio, que estaba volviendo a mi casa y que esa hora era perfecta para no perder ninguna noche y ningún día haciendo algo tan engorroso y pesado como el trámite de viajar.
Apoyé el celular en mi pierna; el brazo en el posabrazo y él su brazo en el otro posabrazo. Miré su mano. Iba a hablarme; lo sé. Pero me puse los auriculares y cerré los ojos. Dos en un micro no me agarrarían desprevenida. Sin embargo, no puedo evitar saber, en ese lugar perceptivo previo a los sucesos, cuando hay algo que ya está. ¿Qué? No sé. Cuando creí que se había dormido lo miré un rato. ¿Habría algo que yo tuviera que entender en un micro? ¿Por qué de pronto, otra vez, en un lugar donde no espero llega algo que siempre espero menos en ese instante? ¿Por qué todo parecía tan inhóspito hasta que se sentó? ¿Quién era? Finalmente, me dormí.
A las tres de la mañana el micro desaceleró su marcha; el policía sentado cerca hizo un ronquido inmenso; entonces ambos nos despertamos, nos reímos y nos susurramos las tres horas siguientes qué música nos gustaba, dónde vivíamos, qué habíamos estudiado, de dónde veníamos y adónde íbamos. Encontramos en común la música, el diseño, la arquitectura, la inspiración, la tranquilidad, la meditación. Nos pasamos los teléfonos con la excusa de una conferencia de una diseñadora del logo de Soda Stéreo que a ninguno de los dos le importaba realmente y cuando llegamos yo me había dormido y él me despertó. Nos saludamos con la mano, él con seriedad, yo con una risa dormida, ante la puerta de dos taxis.
Por la mañana hice trámites; por la tarde conocí a la bebita de unos amigos y a la noche reuní -como es mi especialidad- en Cruel/barra/morfi a gente diversa que no se conoce y que termina, gracias a mi linkeo, entendiendo que todos son de la misma especie por ser mis amigos y que es mejor estar juntos amplificando redes e ideas. Yo me dediqué a conversar un ratito con cada uno como en un cumpleaños y Gabriel, el anfitrión de Cruel, a decretar el menú y el maridaje. 
-          ¿Podés dejar ese teléfono? ¿Con quién charlas?- me preguntó mi amiga Aldana
-          Sí. Es que ayer conocí a alguien y me está escribiendo
-          ¿Cómo ayer? ¿No viajaste?
-          En el micro
-          ¿Me estás cargando? ¿Otra vez?
-          ¡Pero la próxima venite en avión! ¿Cómo puede ser que conozcas a los hombres en los micros?
Aldana es como una hermana; esa clase de amigas que tiene el historial completo y cuando menos uno lo espera recuerdan algún episodio que uno ya ha preferido olvidar. Es taurina y procede de forma muy opuesta a mí en casi todo –es puntual y estressada por cumplir con los horarios, es ahorrativa, miedosa en cosas que yo arranco de cuajo, aguantadora y paciente, decidida en aquello en lo que yo me repliego- y tengo con ella un entendimiento instantáneo y absoluto; sin ruido. Sé de su nobleza más allá de cualquier desavenencia momentánea; tiene la seguridad –al margen de cualquier realidad- de que puedo, hablando, resolver casi cualquier problema mundial y tenemos la capacidad de decirnos cualquier cosa, desde: “si vos fueras el amor de mi vida todo sería más fácil” hasta “andate de acá porque no te aguanto más”. Nos conocimos trabajando de mozas en un pub irlandés que se llamaba The Smiths. A las 4 am, al borde de empezar a ganar las comisiones, a mí la gente y el ruido me hartaban. Me la encontraba a ella en el baño fumando, antes de volver al salón; yo me desataba el delantal negro y se lo guardaba en el bolsillo del suyo. “¿Qué hacés?”. “Me voy”. “Pero es horario de trabajo. ¿A dónde te vas?”. “¿A quién crees que le importe, en medio de este quilombo desmadrado, a dónde me voy?  A dormir”. “¿Y las comisiones?”. “Valen menos que mi sueño”.
-          No se te puede dejar sola. ¡En un micro! Es antiestético… - protestó. – Tan cerca de una… Yo creo que me bajo.
-          ¿Vos crees que me consultan a mí el decorado? Tampoco soy responsable de que en esta ciudad no haya aeropuertos. Esto de que cada ser es creador de su realidad, sin mediar excepciones, me resulta demasiado fundamentalista. También está la realidad. Yo creo que Nietzsche y sus consideraciones nos han hecho muy mal a la cabeza.

-          Igual yo creo que si el mundo el que te los manda al micro… será porque es la única manera de que no te escapes… Y de que por lo menos durante cinco horas juegues a imaginarte convivir con un hombre. Lo único que voy a decirte es: si va a ser el padre de tus próximos hijos tratá de que sea un poquito más responsable. 
Le pegué una bofetada y se rió. Llegó Gabriel con dos tragos: un gintonic, para Aldana; y un lunfa, para mí.
-          ¿Gaby, no la podés ir a buscar vos la próxima?- le preguntó.
-          Yo voy, yo voy. Por supuesto… ¿Por qué? ¿Qué pasó?

En ese viaje no nos vimos. Me mandó un mensaje por whassap cuando ya me estaba yendo y hablamos días salteados, durante un mes, por whassap. En esa fase negadora y ascendente de la conquista antes de que el encuentro se consume y la ola rompa y todo regrese de nuevo a la tierra, descubrí que en un mundo afín al mío -de música, diseño, arquitectura- podían crecer y vivir formas muy distintas; podía gestarse la  creatividad sosteniendo una rutina, una disciplina de asceta y un método; algo que para mí siempre resultante de salir a caminar como una flaneur, encontrarme inesperadamente con gente por el camino que me revela algo a aprender y de perderme un rato tras un trazo impresionista a la velocidad inconstante de quien puede detenerse a frotar dos piedras para ver la única chispa que tiene para dar un deseo o ocurrencia. En julio, me quedé en su casa la noche que estuve en La Plata. A la mañana me levanté temprano y antes del mediodía en que debía ir a firmar el acuerdo pasé por lo de mi amiga Aldana. Me abrió su novio de buen humor, que ya estaba listo para salir rumbo a su taller; ella estaba debajo de 3 acolchados, con el ceño fruncido.
-          ¿Pero qué hacés acá? –preguntó con la cara de quien se despierta con un rayo de sol de frente a los pies de la cama.
-          Vine a tomar un mate con vos
-          Son las 8 de la mañana… ¡Salí de acá! Con el frío que hace… ¿Me podés decir por qué no te quedaste en la cama calentita con el nene…?
Me desparramé de risa a su lado y le pedí asilo político en el hueco que había dejado su novio que nos preparaba el mate a las dos.
-          Si tiene que ser va a ser aunque me haya ido. Y si no tiene que ser no va a ser aunque me quede.
-          ¿Y no podías dejar el “ser o no ser” para las diez, diez y media de la mañana?
Nunca sentí tanto frío en La Plata como este año. Quizás sea la edad o la falta de costumbre, pero también yo me metí debajo de los tres acolchados.
-          Ay, ¡qué pesada sos…! Me acosté a las tres después de cuatro gintonics con tu amigo Gabriel…
-          Después me cansás por mensaje con que me extrañas y me mandás fotos para que vea cómo creció tu jazmín y veinticinco audios hablando de dos opciones de tapado en Chocolate.
-          ¿Qué tenías que hacer que te levantaste tan temprano? Si el acuerdo es al mediodía.
-          Tomar mate con vos… Y venir a hablar cosas en serio
-          ¡¡¡Sacámela de acá!!!- le gritó al novio, que venía riéndose a dejarnos el termo y el mate en la mesa de luz antes de irse a laburar. 
Mientras la crucé por encima para agarrarlo me quedé pensando en cómo resolvería el pasaje de una estructura laboral a la independencia total en un par de meses. 
-          ¿Me querés decir qué voy a hacer?
-          ¿Con el nene?
-          Con la vida.
Y entonces dejó de renegar de mí y de actuar debajo de ese ropaje de vagabunda gorda y se sentó. Me extendió la mano seria para que le pase un mate y me miró unos momentos.
-          A ver… Si yo fuera vos, me muero sin un trabajo fijo, un horario, una rutina y que me pidan a demanda lo que tengo que resolver. Pero vos… sabés qué querés hacer. Eso es mucho pero no es nada sin organizarte para hacer que eso funcione… ¿Sabés qué? Lo que me contaste de este chico… lo que viste en él, que te pareció super enfocado, autoexigente, disciplinado y te llamó la atención, aplicalo a vos: concentrate en sacar adelante tus proyectos y objetivos. Creo que para eso lo conociste. No toda forma de la exigencia y la disciplina tienen que resonarte a tu mamá. No te quejes del mundo sólido y aburrido; fijate para qué te sirve. Si es para lograr tus propios objetivos, la disciplina vale la pena. Si tenés que ampliar tu tolerancia a ciertas cosas para lograr lo que querés o negociar, vale la pena. Si tenés que resignar comprarte un montón de cosas que te encantan y dejar de consentirte, está bien. Porque es tu propósito y tu elección lo que depende de eso. No te escurras buscando vivir toda la vida como una adolescente porque… puede ser divertido pero no es viable.  
-          Pero…  probé hacer de todo este año. No sólo fue esto de la universidad. Intenté armar dos libros para instituciones que tienen que ver con Arquitectura; el libro de un bar; publicar un libro de poesías, armé el proyecto para un restaurant y el de los blends de té…  Los talleres… Nada está funcionando…
-          ¿Dónde sentís que no está funcionando?
-          Cuando las ideas ya tomaron forma… No sé… cuando todo está ahí y es momento de que pasen las cosas. No sé qué hay ahí que las cosas no pasan.
-          Es el momento del trabajo. O de atravesar el miedo. El momento en que ya no es escribir, sino hacer que eso escrito se publique y venderlo. Que ya no es idear un taller, es darlo. Que ya no es la conquista, es elegir o no una historia. Que ya no es armar los blends, es buscar que circulen. Que ya no es seducir, es entregarle amor y tiempo a las cosas y aceptar que no siempre te guste lo que estás haciendo pero quedarte. Yo creo que después de cruzar ese umbral está tu verdadera fuerza. No en las miles de ideas que se te ocurren y el grado de detalle que ponés en concebirlas y proyectarlas. Es justo después: en soltarlas y que ya no tengan miles de posibles formas; que no sean más perfectas. Porque esa ilusión de que todo sea perfecto es la chispa; no el fuego.

Veinte días después de aquella charla con Aldana en su casa y de que la historia de la chispa con el chico se desvaneciera, descubro en el portal Lunadeabril el posteo sobre el tránsito de Saturno directo en Capricornio. Todo ocurre junto, caóticamente, incluso aunque estemos distraídos, dándole la espalda, abocados a temas aparentemente racionales, coyunturales. Aparece lo que es necesario saber y la lección que toca. No importa quién sea, ni de dónde venga, ni hacia dónde vaya ni quien la trae. Aquí, allá y en todas partes, dirían los Beatles, el cielo es el mismo cielo y calculo que también en el camino. Incluso hasta si tuviera razón Lupercio Leonardo de Argensola (1552 – 1613) cuando dice que ese cielo azul que todos vemos ni el cielo ni es azul -y lástima grande que no sea verdad tanta belleza- la información baja. Llega adonde tiene que llegar.  Seguramente a mucha gente con planetas y signos más terrenales este tránsito le ayudó a solidificar sus procesos. Para mí fue un cimbronazo donde me anoticié de lo inevitable que viví evitando: la toma de la tierra. Aún cuando aterrizar y abrazar la tierra prometida sea caer en la tumba de muchas ilusiones.
Dice: Nuestros sueños y visiones no se realizan sin Saturno. Esta es la realidad. Este planeta nos habla del proceso de aterrizar la visión a tierra. Ese camino que implica levantar piedra a piedra la casa de lo que somos y de lo que deseamos materializar. Ya sea un proyecto, una relación, un cambio vital. Sin Saturno integrado es difícil que se sostenga y crezca; es difícil que sobreviva al tiempo. Hacer realidad implica tener una relación consciente y respetuosa con el tiempo y sus lecciones. Es un pragmatismo necesario para bracear las limitaciones del proceso de realización que implican la continuidad, el sostén a largo plazo sin distraerse o desilusionarse. Las palabras asociadas a Saturno son: dientes, piedras, huesos, leyes de la materia. Su carencia y su exceso es devastadora. Bien alineado es la medicina de los emprendedores. Mal absorbido es una voz dictadora; autoridad mal digerida del padre o la madre; un boicot al cambio o a salir del patrón opresor. Carencia material, austeridad emocional, melancolía, frialdad. Es una palabra pesada para los espíritus rebeldes. Es una energía estanca: deprime, duele, oscurece porque nos revela nuestro idealismo y resistencia a crecer. Es la voz del sistema patriarcal. En estos momentos la narrativa de Saturno está tomando fuerza dentro de nosotros, pero es una energía que a los evolutivos les cuesta integrar. Es con la madurez y la experiencia que honramos el don del error, la función del límite y el valor del compromiso. Es un reencuentro con la responsabilidad, los límites, las medidas, el respeto por el tiempo y que haya un tiempo para todo. Para abrir puertas y para cerrarlas”.
Saturno seguirá estando directo en Capricornio hasta el 6 de diciembre. Así es para todos. Y en lo personal mi lucha por integrar está energía sigue vigente, más allá de lo que ya se haya caído, materializado o cerrado. Con suerte, que es siempre mi gran cómplice de viaje, llegue a último momento a convertir ese try contra el deadline y a absorver los buenos nutrientes que, en este tránsito, necesito para seguir en el viaje que sí tiene un sentido muy claro para mí. No garantizo cosas, en este año en que está todo muy raro, pero sé que no poder me toca una fibra en el orgullo que no soporto y al menos por eso las lecciones las aprendo. A decir verdad me siento un poco infantil no logrando resolver cosas que a otros les salen fácil o con las que pactan sin tantos peros ni tantas vueltas. Pero cada cual tiene las cartas que tiene para jugar. Y hay una parte de la búsqueda personal que sé que tiene que ver con no poner del lado de afuera aquello que adentro me ha estorbado. Entre las virtudes de mi carta se encuentra la de ver rápidamente y ubicarme en el espacio. Serán dones de piloto o astronauta, puede ser. Pero el espacio es el espacio. Y las interpretaciones no.

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