Los peldanos del punte hacia la Tierra (segunda parte de El idioma del cielo)


 

Tampoco porque me lo diga la astróloga me voy a arrastrar en el suelo, pensé. Es cierto que esas cosas inciden… y la mirada desde afuera nos revela quiénes somos “muchas veces más allá de lo que nosotros creemos de nosotros mismos”, me dijo una vez el arquitecto Vicente Krausse y lo tomé como cierto. También cierto es que nunca es lo mismo saber que no saber y que hay otra responsabilidad frente a la conciencia. Pero lo que no sabía era de qué manera iban a aparecerme los sucesos invitándome a participar activamente en el proceso de asimilar las energías faltantes. Tomé nota de los dos datos que me dieron a principios de año -asumir el ascendente y bajar a la Tierra- y dejé que el año comience…
Dicen que lo que no se reconoce como conciencia aparece como destino. Comencé chocando el lateral derecho del auto contra un colectivo que no registró mi intención de cambiar de carril ni el choque. A los pocos días, el celular estallado necesitó una reseteada en la que perdí muchos contactos. También me mandaron una multa por doblar -mal, obvio; odiada de bondis y turistas- en Avenida Peralta Ramos y Roca. Ahí tuve un primer mensaje: parar. Y descansé enero de la voluntad o la neurosis de crear todo el tiempo planes y proyectos.
También tuve el encanto veraniego de un desfile de plomeros en mi casa que lejos de dejar su gracia y glamour sobre el pasillo me dejaron escombros, polvo, las cosas por la mitad, la promesa de que volverían. Una tarde se pinchó un caño externo del bidet y mi mamá quiso ayudarme derrumbándome el baño y comprando cosas nuevas. Sin sus obstinados llamados pica-mente, hubiera arreglado ese baño con un poximix y lo hubiera dejado viejo, celeste y hermoso como era.  Y si faltaban elementos también el año arrancó con la flamante llegada a la facultad de Arquitectura de una nueva jefa al área de extensión donde yo trabajaba, que se desató primero por whatssap haciendo un grupo de oficina el 3 de enero y al 3 de febrero, para cuando volví de las vacaciones, hablando sobre políticas de gestión con menos delicadeza que el jefe de la doce y originando comunicación institucional a troche y moche –miles de efemérides por flyer hasta para el día de la conciencia sobre el animal- con más celeridad y eficiencia que un choripanero a la salida de un superclásico.
-¿Qué tal? –me preguntó al final del primer día que compartimos la oficina una excompañera que, en la repartición de muebles que sufrimos, quedó del otro lado del durlock y a la que le tocó volver unos días antes al trabajo.
- Un lujo.  
De muy poco sirvió que además de un curriculum, le pusiera sobre la mesa una decena de libros y revistas editadas. Tampoco, que me hubiera especializado trabajando en temas relacionados a Arquitectura, Artes, Urbanismo y Diseñó; tampoco, las 300 páginas que escribí en 7 meses en una revista que yo misma creé allí y a la que le puse un nombre perfecto.
Como no estaba escrita en forma literal ni bajaba la línea gruesa que ellos manejan también la desconoció. Dos o tres veces intenté tomármelo con humor. Pero la paciencia no es un talento que yo tenga y, aún pensando en Line y apuntando los guiños que el universo me estaba dando, un día se me acabaron las ganas de hablar con eufemismos. La paré en medio de una reunión en que presentaba su proyecto al nuevo dreamteam congregado a sus órdenes y a cada uno de nosotros: los que ya estábamos en la oficina. A mí se refirió como administrativa.
-          ¿Sabés qué? –le apoyé la palma extendida sobre la mesa de diez -Vos a mí no me bajás el precio... Porque no se puede. Quizás reconocerlo te ponga en jaque y tal vez sean tus propias inseguridades por las que prefieras atenerte a la mala clasificación que es la clasificación de “no docente” que es el cargo que tengo, pero vos a mí no me contás así, porque sabes quién soy… Me presento sola…
Siguió un silencio de tumba. Ella me miró sin odio; quizás sin comprensión, con ojos de vaca.
“¿Hacía falta que la enfrentes así delante de todos?”, me preguntó Juan, un diseñador que trabaja en la oficina. “Hacía falta, Juan. Yo no me voy a fumar la de agachar la cabeza. Esa no es para mí”. “Pero todos necesitamos el laburo, tenés un hijo…”. “Sí… Al que me gustaría enseñarle con mis hechos que no permita a gente bruta y ordinaria que le forree su trabajo... Con respecto a ella: yo soy muy rápida para identificar a las personas; ni siquiera me tienen que hablar. Esta mujer me huele mal desde que la vi. Y te voy a decir dos cosas: objetivamente huele mal y segundo: todo va a empezar a oler así más temprano que tarde. El laburo que se lo quede… Si lo que me está ofreciendo es que me preste a decir todo que sí y guardarme lo mejor que tengo para dar, se lo regalo… Yo no soy un soldado, Juan. ¿Por qué me voy a aguantar eso? Y con respecto a las necesidades… Tenés razón. Aunque Hegel decía que la primera necesidad del ser humano es la necesidad de reconocimiento… Y me gusta mucho más mi vida creativa que participar en mi propia opresión”. Sacudió la cabeza y se acomodó los lentes; me dijo: “Yo no sé cómo podés ser tan troska y tan burguesas”. Me reí. “No veo la contradicción en un país que inició su historia con anarcosindicalistas. De todos modos… hay una enciclopedia que se llama: la plata lo explica todo. Después fijate; googleá…. La Plata con mayúscula, ¿eh?” Le guiñé un ojo, le tiré un beso al aire y me fui. Pensé, sin rodeos: esto ya está todo podrido. Y no sé qué voy a hacer.
Estimo que la compra del libro “Somos una carta natal” de Ana Bilsky fue un hallazgo en varios sentidos. Tener por primera vez un libro papel de Astrología me permitió la lectura más lenta, profunda y pausada de estas temáticas. Aunque hoy el libro tenga un lugar residual dentro del Mercado -movido bajo la consigna de que la gente no lee y de que la versión física del mundo es demodé-, lo cierto es que tener el papel y poder subrayar, doblar, llevarlo de la reposera de la playa a la cama y abrirlo si eventualmente un desvelo llama con la necesidad de atar cabos es irremplazable. El libro papel ofrece una relación de intimidad y tiempo en un momento histórico en el que cualquiera de las dos cosas cuesta más de tener que todo lo que puede comprarse y venderse por internet. El libro es un elemento subversivo y por eso me gusta.
Con éste, en particular, sentí que llevaba conmigo un mapa de referencia anual, una data power que se sumaba a las consideraciones de mi astróloga sobre la revolución solar y a la sugerencia de trascender de mi fase guerrera hacia un lugar de paz e integridad. Tenía que jugármela en mis intuiciones; sentir, confiar en mí, ante todo. Tener cuidado en la pérdida de papeles de valor; organizarme para que Júpiter –el expansivo- no amplificara más mi despelote (aunque igual lo hizo) y estar atenta a la llegada de un amor perdurable. Un año que sería un gran dar vuelta la página, teñido por los intensos tonos que le imprime escorpio a los procesos evolutivos.
De los tránsitos astrales que ocurrirían en el año me previne de alguna manera leyendo portales de internet. Estuve alerta a la aparición del imprevisible, loco y disruptivo Urano en la tierra tranquila de Tauro en mayo y me parecieron consonante con este saber algunas amenazas y rupturas del sistema en lo laboral. Sin embargo, seguí el impulso de la ola esperando el buen augurio que trajera la rompiente o disolución del sistema conocido. De algunos sucesos me anoticié con el desgano de quien firma al pie de página, en el envío de un impuesto o una publicidad del banco. Otros me tomaron por sorpresa porque también hay en el Universo un grado de improvisación interesante y otros me dejaron agotada, sin saber cómo coproducir esta obra de la vida con el él. Desganada, tirada en la cama, atravesando con la vista el yeso del cielo raso lo intimé: “… a ver: decime vos qué hacemos ahora”. Así como en mayo pude tomar nota muy clara de la sintonía celestial/terrenal y aceptarla, al tránsito de Saturno en Capricornio me lo olvidé. Lo registré luego, por goteo de hechos, y una lectura retroactiva que me hizo caer la ficha.
Voy a hablar de cinco momentos para ir cerrando el blog de este año, al que le faltan muy pocos textos y como balance previo al cumpleaños. Elijo cinco como puntas de una estrella.
Uno: Urano rompe Tauro. El quiebre de las estructuras.
Dos: Saturno en Capricornio. La vida es tumba de ensueños.
Tres: Luminiscencia de la luna llena en Virgo.
Cuatro: luna llena en Aries y el impulso de nacer y de decir quién soy.
Cinco: luna nueva en Libra y Venus retrógrado en Escorpio: cambio en el contrato con la vida.


Uno / Urano rompe Tauro y el quiebre de las estructuras
Advertencia astral. Leo: el disruptivo Urano, después de 84 años, ingresa por primera vez al paciente y tranquilo Tauro. Urano es el primero de los planetas transpersonales: tiene características que afectan a muchos por igual. El lema de la Revolución francesa, "liberté, égalité, fraternité" parece concordar muy bien con el talante de este planeta que se relaciona con los cambios, especialmente los rápidos e imprevistos, con la libertad, con la insubordinación, con lo no convencional, radical y rebelde. Urano es un gran “despertador” asociado relámpagos de intuición, el  inesperada quiebra de estructuras, el acelerador de acontecimientos y pensamientos, brillo intelectual, innovación cultural, con la inventiva y la originalidad. Tiene que ver con aquello que es diferente, errático. Cuando toca un área de la carta se acrecientan las ideas de independencia, de libertad, las nuevas costumbres y modos de vivir. Tauro es un signo femenino, fijo y de Tierra representa la estabilidad, la constancia, la perseverancia, las adquisiciones, domicilio de la pacífica Venus, verá alterado su ritmo natural con la visita del revolucionario Urano. Esto puede sincronizar con cambios en la economía, en la pareja, en el trabajo, en la rutina diaria, pues existe un enorme deseo de independencia y libertad.

¿Cuándo empieza una revolución? ¿Cuándo ha empezado?
Hace muchos años, Hugo Satas, profesor de Historia del siglo XX, decía -dando comienzo a sus clases- que el siglo XX empezó en 1914. Creo, ya no sé, que también decía que quizás antes, en milochocientos y pico, cuando era posible advertir la necesidad o intención de los hombres de fin de siglo de manifestarse en un espíritu bélico, romántico, épico, que los llevó a mirar con esperanzas el puntapié de la Primera Guerra Mundial, sin medir las consecuencias. Siempre me gustó esa idea poco exacta del tiempo, un tiempo entendido en procesos vitales  que analiza qué rasgo humano le ha originado la primera impronta o magulladura a ese otro tiempo estructurado de los relojes que decretan que el siglo empieza en 1900 y que se adueña del sentido por sobre el consenso desganado e inmutable sobre cómo son las cosas.
-          ¿No te conviene volver a vivir en La Plata?- me preguntó una compañera de trabajo.
-          ¿Me estás cargando? No es de jefa para la edición de la British Vogue; es un cargo no docente. Aparte me costó quince años irme, ¿vos estás loca que voy a volver?
-          No te quisiste ir todo el tiempo…
-          Eso es verdad…
-          Pensalo. Es un laburo seguro. ¿Vas a dejar un laburo seguro?
-          Y… ¿por qué no?
Cuando le dije a mi madre lo de la intimación gritó aterrada:
- ¡te lo dije que estabas tirando demasiado de la cuerda…! Esto seguro tiene que ver con el desplante que le hiciste a tu jefa…
- ¿El desplante? El desplante me lo hizo ella a mí. Y, además, ¡no tiene nada que ver! Vos sobrevalorás los talentos y poderes de la gente…. Claro está: menos los míos.
- ¿Los tuyos? El único que conozco es el de pasarte sistemáticamente por el culo cualquier indicación que no te guste…
- Tengo otros, vos vieras… Pero no creo que te interesen.
A las puteadas contra mí, reunió en su casa a un buffet de abogados, amigos de toda su vida profesional que acudieron de inmediato llevando a su casa, a la canasta, un sinfín de argumentos para detener la medida, estimaciones de en qué fuero había que radicar la demanda e ideas sobre posibles caminos legales para defenderme el cargo.
Sé que en la solidez de mi mamá en algunos campos están los claroscuros de mi reacción a muchas cosas y a mi definición de lo importante en la vida y en los vínculos. Como mi lado oscuro -o a veces pienso lo único que pude tomar de ella como premio consuelo al amor faltante- voy a decir que mientras viva, muchas veces a mi pesar, en el fondo siempre sé que voy a contar con alguien que me va a poner en regla los papeles y va a tutelar por resguardar que no me falte nada de lo que ella cree importante. Como su lado oscuro, voy a decir que esta capacidad de responder con solvencia económica es la que ella mal utiliza para ejercer poder de una forma tosca, maltratadora, abusiva y machista. Voy a decir a su favor que es la persona más confiable en cuestiones de resguardo de papeles, dinero y propiedades, sean de quien sean, que yo conozca. Que es honesta, puntual con los pagos, sostenedora y cuidadosa con los objetos y derechos de la gente, en la misma proporción que es inconteniblemente violenta, descuidada con las formas en el trato y el respeto hacia las concepciones de vida de los otros que difieren de la de ella. Y creo que ser madre es un papel demasiado femenino e incómodo que le ha tocado en la vida y con el que pactó por una convención social, haciéndose responsable del mismo modo en que se hace responsable de todo menos de ella y su escondida verdad interior. Voy a decir a mi favor, que en su ira mal contenida a punta de estabilizadores y sus frustraciones encontré las grietas por donde yo elegiría florecer: se trataría de no bajar nunca los brazos en nada que tuviera que ver con la verdad personal, el deseo profundo, el amor, el arte, la feminidad, la magia, la intuición, la salud natural. Y el resto… voy viendo siempre cómo hacerlo, cómo sortearlo y cómo llego a fin de mes, como quien lleva una carga pesada de algo que no le interesa para nada pero que de todos modos tiene que resolver.
¿Me querés decir qué vas a hacer? -gritó aterrada frente al hecho de ver la certeza de un trabajo fijo, en blanco y en el Estado, volando por el aire.
- ¿Con esto del laburo? Qué se yo… Seguir escribiendo, seguro.
-¿Seguir escribiendo me decís…? ¿Con qué vas a morfar? Parece como si ni te calentara…
-¿Parece?- le dije frunciendo un poco el seño; travistiendo a desgano la ironía.
La verdad es que adentro mío una parte agradeció el tránsito astral y se alegró. Es imposible dejar de motu proprio un trabajo estatal, más cuando uno tiene la responsabilidad sobre un hijo. Es un trabajo demasiado fácil de llevar adelante, en alguna medida. En otra, es cavarse la propia tumba de ilusiones sobre el crecimiento personal.
Pero como alguna vez dijo Cristina Fernández que en este país una medida cautelar y un vaso con agua no se le niega a nadie, me tomé un micro a La Plata y fui a indagar mis posibilidades de apelar la resolución de rectorado en el fuero federal. Al Defensor y al secretario les conté todo mi periplo laboral inaudito; sólo concebido por alguien que verdaderamente hace lo humanamente posible e imposible por darle una vuelta, un vuelo o un empuje a un cargo que es una carreta del siglo XVIII atascada hasta la rienda en el desierto. Les apunté clara la cronología de los hechos;  mis intenciones de crear una carrera de Especialización en Cultura Alimentaria y luego la creación de una revista en Arquitectura (todas labores que nada tienen que ver con las funciones del cargo) y las razones personales por las cuales necesitaba se extendiera la comisión de servicios en Mar del Plata hasta fin de año. Luego vería qué. Ellos tomaron nota; comprendieron. Frente a las causas que caen en su juzgado, mi caso era el de La novicia rebelde. Al cabo de un rato, entró una mujer a dejar expedientes y a preguntar si queríamos algo.
-          ¿Qué querés tomar? –me preguntó el defensor.
-          El vaso con agua que viene con la cautelar.
Ambos se rieron. La secretaria pegó media vuelta y se fue. Quedamos en presentar el escrito dos días después, en el tiempo prudencial y puntual de los cinco días hábiles para recurrir la medida. Y volvería a La Plata en un mes para firmar, si aceptaba el empleador, el acuerdo de buena convivencia con las necesidades de todos.   

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